«ORPHANS». TOM WAITS
. Año nuevo… vida vieja. Lejos de huir del agua escaldada que los fans de Dylan me arrojaron sin piedad tras mi inocente comentario de su último disco, me desperezo en este 2007 blandiendo mi espada de hojalata contra otra vaca sagrada, Tom Waits. La inclusión de su último trabajo en todas esas listas de lo mejor del año que han florecido por doquier estas últimas semanas era previsible. Es Waits, y nadie va a discutirlo. Nadie, si no contamos con el típico chalado al que dejan escribir sandeces en algunas bitácoras. Ese es un servidor.
A mí no me importa que este triple seco de Tom Waits salga elegido como uno de los mejores discos de 2006. Ni siquiera me escandalizaría que lo proclamaran disco del siglo o banda sonora del
blog “Portero de Noche”. Lo que me jode es no entender este entusiasmo desaforado. Waits ha acuñado una fórmula personal, de blues doliente, desgarrado y salvaje que interpreta mejor que nadie. O para ser más justos, mejor que muchos. Pero cuando se pone ese corsé no hay Dios que se lo quite. Desde «Real Gone» hasta el último tema del primer disco de ese Orphans, luce el mismo corpiño, y a mí ya no me pone.
Si descartamos como disco el tercer fascículo de este trabajo en tres entregas, que es en realidad un compendio de rarezas, recitados, aullidos y demás curiosidades, se nos ha escurrido entre las manos el 66,666 del famoso disco. Nos queda, en medio, entre pan y pan, la sustancia, el chorizo. Un fantástico segundo disco cosido con hilo de oro: baladas, standards entre el jazz, el cabaret y la canción melódica. Un disco que yo hubiera elegido entre lo mejor del año de no llevar tanto lastre aparejado. Qué manía de atragantarnos, de sepultarnos bajo megabytes y megabytes de música. Incontinencia lo llaman. Consulte con el doctor House.
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