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LA NOVELA EN MARCHA. Hay un momento, en el que se sabe si la novela marcha o no marcha, y ese momento te lo dice el personaje principal. Hoy anduve conversando con la protagonista de Ciudad canalla, una mujer trabajada con los pedazos de otras tantas mujeres. Se dedica al oficio más antiguo del mundo, el de contar mentiras. Y llega a tanto en lo suyo que cada vez que le pagan por un servicio, consigue hacer sentir al cliente que ese dinero tan sólo ha sido un préstamo. Ella lo sabe agradecer con toda la humedad de su aliento.

Publicado el viernes, 22 de agosto de 2008, a las 19 horas y 00 minutos

DE LUTO Y FUEGO. Lo difícil de los aviones es que vuelen. Leonardo lo intentó la tira de veces. Fueron muchos los inocentes que creyeron que poniéndose las alas del sabio iban a sobrevolar los riscos de la bota italiana. Al final acababan descalabrados. La zoología nos ha enseñado que el hombre sólo puede volar con la imaginación. Y qué más queremos.
Odio el maquinismo. Dejé de ser inocente el día que me enteré que para poner un disco en la gramola había que meter dinero por la ranura. Eso, sumado a que en los últimos tiempos voy a encender el cacharrito y no me arranca, me convierten en un ser que confía poco en las máquinas. Tan poco, tan poco, como en el ser humano que las hace. Siempre me interesaron más las instrucciones para subir una escalera de Cortázar que las que puso el barón Thyssen para montar en ascensor.
Conocí a algunos pilotos de avión y nunca dejaría mi vida en sus manos. Y menos pagando por anticipado. Me quité de volar hace tres años. No tengo necesidad de que me toquen los huevos en el scanner, o como se ponga, tampoco que me amenacen con instrucciones cuando tomo asiento, que es cuando empiezan las azafatas a mover los brazos. Y lo que no aguanto ya, por nada del mundo, es respirar los sudores de los pasajeros durante el viaje. Me imagino que a ellos les pasará lo mismo conmigo. Me da a mí que el aire, en los aviones, se renueva poco.
Cuando chinorri me iba con los amigos cerca de Barajas, donde los aviones descargaban su basura. Nos subíamos a las montañas de desperdicios y escarbábamos hasta encontrar tesoros con sabor a frambuesa. Confitura extra. Bazofia que daban por comida en los aviones y cuyas sobras se amontonaban en aquel basurero.
Entonces era inocente y soñaba con el día en que yo iría sentado en uno de aquellos aviones, untando la confitura extra en una barra de pan caliente. Igual que en los anuncios . Azafata, por favor, un café manchaito en la leche. En fin, que entonces no estaba al tanto. Nunca me podía imaginar que el mal día del piloto pudiera coincidir con la fecha de tu muerte.

Publicado el miércoles, 20 de agosto de 2008, a las 22 horas y 54 minutos

DE CORRIDO. Me pierdo en un paisaje árido, con fondo de castañuelas y moscas. Al ritmo de Charles Mingus entro en Tijuana. Estamos a principios de los años sesenta, cuando el contrabajista negro aparece en la cantina, dispuesto a correrse una parranda. Dicen que es el mal de amores el que le ha traído a este pueblo fronterizo, donde los muertos no descansan ni en festivo.
Escucho su historia en silencio. Me sumerjo en el pozo de su voz negrona, en su contrabajo cuando calla y me inclino tanto que, al final, acabo enredado en las lenguas de borracho que afinan los instrumentos hasta arrastrarse por debajo de la puerta.
Con Charles Mingus llego hasta Tijuana. Siempre quise tocar lo que otros tocan, que al final siempre viene a ser lo que otros cuentan. En el jazz ocurre así, sólo que en Tijuana los sonidos se añilan con un puñado de balas. Y las pistolas se silencian con sordina.
Tijuana Moods se titula el disco que ahora me cargo a las orejas. Me va a ayudar a encontrar al fulano que espera en una habitación del hotel la llegada de una mujer. De él, decir que todavía es pronto para presentarle. A ella la conocemos ya. No es rubia, aunque lo parezca, y trae el brillo de la ambición en sus ojos de pantera.

Publicado el viernes, 15 de agosto de 2008, a las 23 horas y 08 minutos

LUBRICIDAD. Para la chica mala de esta Ciudad Canalla preparo un fondo de orquesta, golfo y sofisticado. Tomo el que construye Quincy Jones para dar forma al blues de la Pantera rosa. Está en el disco homenaje que dedicó a Mancini. Y cuando arranca el saxofón a soplar la frase con fuerza, una frase simple, de tan natural sencilla, pero con el demonio caliente de la carne, ahí, es cuando entra ella al hotel. Entonces la veo aparecer, sobre el ruido de sus tacones, como una pantera dispuesta a saltar sobre los despojos del próximo cliente.

Publicado el martes, 12 de agosto de 2008, a las 23 horas y 02 minutos

JACO. La década de los 70 fue una década de campanillas en lo que a descargas musicales toca. Muchos de los grandes trabajos discográficos se produjeron durante estos años. La música negra manchó con sus sonidos afrodisíacos el almanaque musical de entonces. Son un buen puñao los músicos setenteros que merecen aparte en esta Trinchera Cósmica.
En los últimos días, mientras reposo el trajín de la Pólvora Negra, paseo por la playa. Sin rumbo fijo me dejo llevar por los sonidos emputecidos del mejor bajista del mundo. Por lo menos para mí, Jaco Pastorius ha sido, es y será el más cabrón de todos.
Un buen día, Pastorius quitó los trastes a su bajo Fender Jazz Bass modelo de 1954, consiguiendo una sonoridad diferente y llevando el instrumento hasta lo más alto.
Cuando el bajista de Weather Report de aquel momento, Alphonso Johnson, abandonó la banda, Pastorius le reemplazó. A mediados de la década del 80, Jaco probaría el sabor de los infiernos. Se hizo vagabundo por las calles de Nueva York. En Abril de 1987, salió de la cárcel por randelar un coche y llevárselo hasta la pista de atletismo. Y lo primero que hace cuando sale a la calle es sabotear un concierto de Carlos Santana, donde tocaba Alphonso Johnson, bajista negrata a quien sustituyó en Weather Report. Fue expulsado del concierto a patadas y, no contento con la bronca, el Jaco se dirigió a un bareto donde el vigilante de seguridad, un fascista con puños americanos, le metió una paliza que le dejó en estado de coma. Pocos días más tarde Jaco Pastorius moriría. El valiente asesino sólo cumplió 4 meses de los 5 años que le cayeron.
Aprovecho esta Trinchera Cósmica para cagarme en los muertos del asesino. Anda y revientes, hijo de la grandísima puta.

Publicado el miércoles, 6 de agosto de 2008, a las 23 horas y 36 minutos

DESDE LA ESQUINA. A principios de la década de los 70, el trompetista Miles Davis afiló su trompeta en una montonera de discos cocinados con mucho cuero y a la brasa, vuelta y vuelta, de leña guitarrera. Servidos en crudo en los figones marijuaneros de la época, los discos que grabó Miles Davis durante este tiempo sonaban a jazz, a blues, a rock y a sitar eléctrico. Un joven Chick Corea le pegaba a la máquina infernal de su piano eléctrico. Y también estaba Keith Jarret y Herbie Hancock como monaguillos lisérgicos dándole a los pedales del órgano. Más allá del soul, más allá del blues, más allá de la música más libre del mundo y que un día inventaron los esclavos, más allá de todo, estaba Miles Davis y su banda. Entonces, a principios de la década, el sudor de la fatiga más negra empapaba las camas de las adolescentes con piel blanca. El piano eléctrico empreñaba con escupitajos sonoros los vientres de toda niña de buena familia. Con la decencia relajada, se dejaban zumbar con gusto la oreja por el mosquito más trompetero.

Ahora, que acabo de arrancar el primer fogueo de esta Ciudad canalla, escuchando el On the Corner de Miles Davis, me doy cuenta de que la credibilidad en un relato es una cuestión de efectos y no de hechos. Y que una vez conseguidos los efectos quedan logrados los hechos. Lo difícil, diría Valle Inclán, es conseguir poner un burro y un gitano. Una vez hecha la trama, lo difícil es conseguir el efecto.

Elijo los golpes de este disco de Miles Davis, negro de cojones, influenciado por otros dos cojones negros, los del guitarrista Jimi Hendrix. Me gusta el efecto conseguido. Como diría Wittgenstein, el disco On the corner es un hecho. Llegar a conseguir un hecho de tal calibre sólo es posible siendo Miles Davis. Con el engreimiento de un Narciso, me propongo buscar los efectos necesarios para eclipsar a Miles Davis. Compongo imágenes literarias que tienen por escenario el vestíbulo de un hotel. Cocino con rabia, vuelta y vuelta. On the corner, disco negrata y esquinero; hundo tecla en el volumen y así cojo el impulso necesario para saltar sobre mi propia sombra.

Publicado el lunes, 4 de agosto de 2008, a las 22 horas y 02 minutos

A VUELTAS CON LO MISMO. Lo bueno de las mudanzas es que aparecen cosas que daba por perdidas. Así ocurrió con uno de tantos recortes que voy guardando y luego no sé dónde. La pieza recuperada es un análisis de los periodos históricos en la novela policiaca. Lo escribió hace veinte años Salvador Vázquez de Parga. Puesto así, puede resultar un coñazo pero, una vez que le arrancas la corteza, el artículo tiene su miga.
Viene a decir que el principio del relato policial se encuentra en la incógnita que encierra el “quién”. ¿Quién cojones lo hizo?
De esta forma el sujeto, o sea, la persona que lo hizo, se convierte en la incógnita a despejar por el lector. A esta base clásica se le fueron sumando, a lo largo del tiempo, otras incógnitas. Al “quién cojones lo hizo” le seguiría el “cómo cojones lo hizo” y después el “porqué”. “Por qué cojones lo hizo”
Quién, cómo y por qué, son las tres cuestiones a despejar para conseguir un relato negro. Y todo esto viene al dedo por la relación que hay entre la literatura policiaca y el género periodístico.
A la hora de contar una noticia, el informador tiene que aplicar la receta sajona de las cinco uves, Who, what, when, where , why. Las cinco uves que traducidas al castellano se convierten en el quién, el qué, el cuándo, el dónde y el porqué. Así lo enseñan en los manuales que manejan las facultades de periodismo. Sin embargo, el “cómo”, el “how” inglés, no aparece en la noticia aunque, de un tiempo a esta parte, se haya convertido en la base del sensacionalismo. Pero no me quiero poner espeso. Ahora que termino la mudanza, y que vuelvo a atrincherarme, recuerdo a Raymond Chandler. Para él, la mejor novela negra era la que combinaba los atributos de dos tipos dispares de mentalidad, la capaz de montar un rompecabezas elaborándolo de forma fría y la que conseguía hacer saltar las chispas por la viveza con la que estaba escrito.

En estos días de atrás, a la vez que hacía la mudanza, iba despejando todas las incógnitas para esta Ciudad canalla. Pero me atraganté en un arcano, el mismo que encierra el “dónde”. Sé que la acción principal se va a desarrollar en un hotel, uno de tantos que hay por La Castellana, o más abajo, por donde el Paseo de Recoletos. Un hotel que se comunique con el aparcamiento, pues el Mac Guffin llama demasiado la atención para ir con él por la calle. Además, está lloviendo.

P.D. Tengo Mensajes del Pelao, de Child, de la Bandolera y de Pedro de Paz que ya cuenta los días en el almanaque para ver editada su novela. A todos os contesto en breve, pues ahora ando con la configuración del cacharrito de los cojones que bien merece otra pieza. Sobre todo para cagarme en los muertos del que hace las estrategias para ponérselo difícil al usuario. Los cacharritos deberían ser más domésticos. Enchufas, hundes tecla y listo. En fin.

Publicado el viernes, 1 de agosto de 2008, a las 22 horas y 53 minutos

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Ilustración de Toño Benavides
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