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EL SÍNDROME DE CHINA. (Dedicado a Matías Bruñulf)
Entro en la tienda de los chinos (siempre hay una tienda de chinos cerca de casa) y me pierdo en los pasillos buscando un exprimidor.
Al principio camino con decisión, como si no tuviera tiempo que perder, mirando impaciente a derecha e izquierda casi molesto porque no veo lo que quiero nada más entrar, pero pronto demoro el paso y la vista sobre los estantes repletos de objetos de todo tipo y uso: flores de plástico y espejos, cubos de fregona y botes de pegamento, blusas de señora y ceniceros, juegos de herramientas y ambientadores, cajas para CD`s y limpiacristales.
Cuadernos...
Pautados, con cuadrícula, rayados, lisos, con espiral, apaisados...
Quiero comprarlos todos. Quiero necesitarlos todos.
Cuando llego al final de la sala, el paso se ha hecho tan lento que tengo la impresión de llevar horas allí.
Semiescondida entre pilas de cestos de mimbre y macetas de todos los tamaños, hay una escalera que desciende entre los cimientos del edificio. Desemboca en una sala aún mayor que la anterior y más iluminada si cabe. Oigo una conversación que me llega a través de varias filas de estantes, amortiguada e indescifrable. Trato de acercarme pero las voces se alejan al mismo ritmo. Los objetos a la venta son casi los mismos que antes pero hay alguno que desconozco y otros me parecen fuera de lugar.
Pinzas de cirujano, túnicas budistas, piezas de reloj, manuales de máquinas desconocidas, jaulas para reptiles...
Aquí no encontraré lo que he venido a buscar.
Veo otra escalera, que conduce a una sala aún más grande. No estoy seguro de hallarme en un recinto cerrado. Los estantes se pierden hacia lo alto en un fogonazo de luz blanca. Mirando hacia el techo, la luz me parece natural, pero no veo el sol. El silencio, casi absoluto, sólo es roto por mis pasos. Ya no reconozco los objetos que veo y no puedo aventurar hipótesis alguna sobre su función. Nada me resulta familiar salvo mi propia ropa.
El camino de vuelta será largo y he olvidado lo que había venido a buscar.

Publicado el miércoles, 6 de abril de 2005, a las 20 horas y 50 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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