|
|
MIGRACIÓN. Hasta donde alcanza la vista miles de perros negros avanzan lentamente entre las ruinas. Caminan sobre un suelo pintado de color azul. Todos los objetos son de ese color como si una misma capa lo recubriera todo. Nieve azul o algo parecido. Levanto una piedra. Está pintada por entero y el suelo también.
Los perros se mueven todos en la misma dirección llevados por la inercia como un borracho agarrado a la cola de un caballo, tristes como un ejercito derrotado que vuelve del frente bajo la tormenta.
De vez en cuando alguno que pasa cerca levanta la vista. Sus ojos, de bordes anaranjados, acusan todo el frío y el hambre del norte. Los párpados no tardan en caer al suelo vencidos por el cansancio y el desinterés.
Los perros no van a ninguna parte.
No buscan algo que tengas tú.
No huyen atemorizados de ningún horror indescriptible.
Los perros se mueven para que no los alcance el tiempo.
Publicado el martes, 29 de mayo de 2007, a las 13 horas y 25 minutos
|
|
|
SECRETOS. Cientos de barcos americanos patrullan la costa del Báltico. Sus capitanes vigilan desde el puente mientras arden las ciudades más antiguas de Alemania. Entre las ruinas científicos con uniforme de las SS tratan de vender sus secretos a un coronel americano que hace turismo con su esposa entre los escombros. El Yanqui no regatea. Paga y se guarda varias carpetas con el sello nazi en una cartera de cuero con hebillas.
Un niño medio desnudo con el pelo tan rubio que parece blanco les pregunta si quieren ver el submarino y les conduce por un agujero abierto por los bombardeos hacia el subsuelo. El niño avanza descalzo entre el hierro oxidado y los cascotes pero con frecuencia tiene que esperar a la pareja que se mueve con torpeza. La mujer ríe y se queja al mismo tiempo. Parece una osadía venir por aquí con zapatos de tacón y un vestido rosa palo con diminutos lunares blancos.
A través de un terraplén por el que desciende la luz manchada de polvo llegan a lo que parece un andén de metro.
- Este es el muelle veintitrés, el submarino está ahí.
El niño señala hacia la oscuridad donde los ojos, que no se han acostumbrado aún a la falta de luz, comienzan a dibujar la silueta de un U-Boat. El coronel y su esposa se acercan sorprendidos. Si, es un U-Boat pero mucho más grande. La altura de la torre alcanza, por lo menos, siete pisos y estamos a varios kilómetros de la costa.
- Está lleno de secretos.
El hombre mete la mano en la cartera de cuero y saca una tableta de chocolate. Se la ofrece al niño. Este la coge sin dudar. Cogería lo que fuera.
- Ahora tengo que irme- dice- y desaparece por el terraplén hacia arriba.
El militar está absorto contemplando el submarino. Busca una entrada, una escotilla. No hay ninguna salvo la del puente. Intenta abrirla pero después de un rato sin conseguir nada se pone a golpear la manivela, enfurecido, con la culata de su pistola. Las cachas de nácar saltan hechas añicos y el hombre acaba sentándose en el suelo con la cabeza hundida entre los hombros, despeinado y la pistola colgando de los dedos.
-Vámonos Richard- La mujer ha permanecido de pie para no mancharse el vestido.
-Empiezo a tener frío.
Publicado el jueves, 31 de mayo de 2007, a las 7 horas y 59 minutos
|