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DENUNCIA. Siento traer a esta bitácora, después de tanto tiempo, un tema que no tiene nada que ver con los contenidos que he ido vertiendo hasta ahora en ella, pero es que me ha ocurrido algo que me tiene más cabreado que una mona con purgaciónes.
Esta tarde venía fumando un cigarro por la calle, que es uno de los pocos sitios donde se puede fumar sin tener la sensación de que se está molestando a alguien, y se me ocurrió tirarlo en una papelera de esas que tienen un rascador, como hago siempre. Parece que no quedó bien apagado por que apenas había dado un paso se produjo un fogonazo que me dio un susto de muerte a mi y una señora que afortunadamente estaba algo más lejos y que casi le da un infarto. Me llegó un repentino golpe de calor y me pitaban los oídos. Al principio no sabía lo que había pasado pero luego me di cuenta de que alguien debía haber echado algún líquido inflamable, gasolina o alcohol probablemente.
Me es imposible saber qué tipo de tarado se dedica a semejante labor y es mejor que no me lo haya encontrado hasta ahora pero desde aquí deseo cagarme en su puta madre, hasta el momento en que nos conozcamos personalmente, que se lo diré con otras palabras.
Os pido disculpas por este arranque un tanto histérico pero es que tengo tan mal cuerpo que necesitaba desfogar.
Si podeis aportar alguna información sobre el tema y contribuir a localizar al individuo en cuestión por favor poneos en contacto a traves de este blog.

Publicado el martes, 14 de noviembre de 2006, a las 22 horas y 00 minutos

SATURACIÓN (I). La ambulancia irrumpe en la calle escoltada por dos coches de la policía y hace una dramática parada ante la puerta de urgencias del hospital. De los vehículos brotan varios agentes y los médicos se reúnen en torno a la puerta trasera pero no parecen tener prisa. La gente que pasa cerca para en seco al ver todo el despliegue esperando ver algo pero los médicos no se deciden a desembarcar al paciente. Aunque no hay nada que ver, todos permanecen de pie observando la escena y aún llegan otros a ocupar segundas filas al reclamo de tanta expectación.

Dentro de la ambulancia se oyen algunos golpes. Yo no quiero imaginar que puede estar pasando, porque he dormido poco y no me fío de lo que me pasa por la cabeza.
Procuro no mirar a nadie para evitar entrar en conversación. Los que están a mi alrededor lanzan preguntas al aire, aventuran hipótesis y tuercen la mirada en forma de anzuelo, igual que yo, sólo que yo no hago preguntas.

Desde dentro se abren las puertas. Baja un negro excesivamente bien alimentado exhibiendo un gesto de perpetuo enfado tallado en madera. Mira resoplando hacia el interior del vehículo mientras se limpia las manos con una toalla. Bajo la bata blanca una camiseta azul y el metal dorado ciñendo el cuello, las muñecas y los dedos, dejan claro que no se trata de un médico. Desde fuera otros dos enfermeros le ayudan a descender la camilla. Una sábana cubre el cuerpo por completo. Creo que está muerto por qué es lo que suele hacerse, cubrir la cara de los muertos para evitar que los miren desde el más allá, supongo.

La masa de gente tiembla hacia delante, como la carne de una morsa, intentando ver algo más. Los pocos agentes intentan contener aquélla onda expansiva levantando los brazos mientras gritan:

-¡Atrás, atrás! Aquí no hay nada que ver circulen por favor, circulen.

A mí me parece una grabación y seguramente lo es. Una grabación que salta automáticamente desde algún rincón del cerebro mientras el hombre piensa en sus cosas. Un mecanismo que le permite refugiarse en la memoria de su casa y seguir con su vida a la vez que desempeña su trabajo con total profesionalidad.

La gente obedece mansamente. Reacciona coordinada como un único animal guiado por el instinto de supervivencia y se contiene ante el olor corporal de los policías como si el territorio hubiera sido marcado por un animal mayor y más feroz. Me arrastran hacia atrás pero yo quiero ver más.
Caen las patas de la camilla con ese chasquido metálico propio de las armas de asalto y algo se balancea bajo la sábana.

Por un lateral de la camilla se descuelga un brazo totalmente ennegrecido que los camilleros se apresuran a ocultar.
Una nube de suspiros se eleva de la multitud y se oyen algunos comentarios.

-¡Dicen que ha sido otra papelera!
-¿Todavía no le han cogido?
-Parece que no.

Publicado el miércoles, 15 de noviembre de 2006, a las 15 horas y 46 minutos

SATURACIÓN-(II). La camilla se pierde en la oscuridad de la puerta de urgencias el gentío empieza a disolverse como las células de un tejido enfermo. Algunos siguen comentando la escena. Otros, en cambio, dejan un gesto en el aire como el que termina una tarea y empieza otra con total dedicación. Por mi parte tengo ganas de malgastar la mañana como suelo hacer cuando, a pesar de estar cargado de trabajo, no puedo evitar la sensación de pérdida de tiempo, de que lo mejor está pasando precisamente allí donde yo no estoy. Intentó controlar la situación y concentrarme en alguna tarea concreta, pero llega un momento en que, según la teoría de las catástrofes, se produce un cambio radical en el desarrollo de los acontecimientos, una fractura de las emociones y la voluntad cae del otro lado. Entonces me visto lo más rápidamente que puedo y sin saber cómo, me encuentro en la calle dejándome llevar.

No puedo prever a donde me llevan mis zapatos porque de haberlo sabido antes quizá no hubiera salido de casa, pero visto desde la suficiente altura cualquier plan de batalla toma un sentido que no habríamos sido capaces de apreciar a ras de tierra. Sencillamente yo no quiero conocer el plan, y en el mapa de esta mañana mis pasos dibujan una amplia espiral cuyos primeros brazos se extienden a lo largo de las calles más largas. Diez manzanas-giro a la derecha, nueve-giro a la derecha, ocho-giro a la derecha... Cayendo hacia un centro que desconozco.
Cada mínimo detalle me parece una señal y no puedo levantar la vista sin reconocer un generoso número de pistas que me parecen dejadas a propósito como si fuera un niño al que hay que ponerselo fácil para hacer que llegue donde quieres.

El día oscurece rápidamente como si alguien bajara el brillo en la pantalla de un televisor, pero el sol entra horizontal sobre las calles iluminando algunos edificios con un color amarillo anaranjado que los hace más reales, más duros, recortados contra el cielo como un decorado.
Una vez más compruebo que todo está allí para que yo lo vea.

Publicado el jueves, 23 de noviembre de 2006, a las 20 horas y 29 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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