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LOS MONOS Y EL PERRO VIEJO . Leyendo a Fernando Martín en El País –su crítica del concierto madrileño de Arctic Monkeys– el periódico se ha vuelto espejo y no me ha gustado lo que he visto. Es una crítica la de Martín de tono desabrido, nada amable, por debajo de la cual asoma la patita el desencanto propio del culo pelao. No conozco a Fernando M., ni sé de sus gustos o su edad, pero en 51 líneas se ha me ha aparecido como un viejo rockero de los que sí mueren alguna vez. No diré yo que los monos del ártico, o como coño se traduzca su nombre, vayan a cambiar el rumbo de la Historia, pero huyo como gato escaldado de ese tonillo entre irónico y cabrón que no deja claro si el grupete le parece una mierda, o lo que realmente le parece una mierda es no formar ya parte de las hordas de imberbes a las que el nuevo hype se la pone tan dura como a él seguramente se la ponían The Jam o The Clash.
Y en fin, que huele hoy en la página 49 de El País a perro abandonado en la cuneta; un perro que ve y ya no entiende, que se ha cansado de correr tras la liebre, y al que ya no le importa dónde salte ésta. Y husmeando husmeando resulta que olor me es familiar. Soy yo el que ya empieza a desprender el tufillo. Y para sacármelo de encima me he acercado a comprar el disco con la portada del tipo que fuma, y me lo he puesto cuatro veces seguidas, y ahora lo llevo en el coche, y en cuanto me sorprendo añorando mis viejos discos de los Clash subo el volumen hasta que de tan aturdido que estoy me parece que ya soy uno de esos miles que han flipado con el olor a nuevo –falso olor- de los Arctic Monkeys. Porque quiero seguir entendiendo lo que pasa, quiero seguir siendo el de hace diez años y me cago en la puta madre del que se atreva a decirme que no sé hacerme mayor.
Publicado el viernes, 19 de mayo de 2006, a las 18 horas y 50 minutos
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