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DE CANAS Y ESPEJOS. Algunas mañanas, digamos que aproximadamente una vez al mes, y siempre mientras me afeito, me da por filosofar sobre el sentido de la vida, de la mía en particular que es la que me tocó en esta partida de dados de los dioses; sobre el tiempo que me queda que siempre creo menos del que realmente será al final, y en qué cojones malgasté el que ha pasado: todo ese que se fue entre los dedos y que ya no volverá por mucho que me empeñe en reencarnarme un par de veces más. Ese que al final hace que te conviertas en lo que eres y que lleva de manera inequívoca a joderme una vez al mes mientras me afeito, como si pensar sobre todo esto solucionase algo, moviese alguna pieza de mi tablero o me llevase a algún sitio.

Pienso en vasos medio llenos que seguramente están medio vacíos: Nada es verdad ni es mentira. No hay axiomas, nada se puede afirmar de manera certera ni apostar que tienes la mejor mano. En definitiva, me digo para autoconvencerme, que toda esta mierda que suele acompañarme en días como estos son los efectos secundarios de las primeras canas mentales. Esas que si fuera lo suficientemente cabrón, luciría para las putas con la mejor de mi sonrisas en vez de mirarme al espejo como un idiota.

Podría ser peor y decidir no afeitarme, y así no tener que dedicar un día al mes a hacer balance de todavía no sé qué exactamente. Mi vida tiene pocos caminos que recorrer ya y en casi todos ando de vuelta.

Pero cuando pasa, ando todo ese día absorto en mis cavilaciones, y a veces se diluyen tras tres o cuatro tragos, como una flema insistente. Las más, para qué negarlo, acabo necesitando esas copas para poner todo en su sitio y cerciorarme que no existe estado mental más óptimo que el que me otorga la ginebra.

Últimamente parece como si se hubiera encendido el piloto de la extrema miseria, y siento la necesidad de dar un giro al timón, aunque sea por unos instantes.

Entrar a una iglesia a escuchar el silencio, robar “Qué bello es vivir” en unos grandes almacenes y quemarla tras haberla visto, beberme un vaso de leche para mantener a raya mi úlcera o cualquiera de esas gilipolleces que se supone que hace la gente más pura, menos corrompida que yo, que debe ser mayoría, o minoría, pero lo disimulan cojonudamente.

Y solo cuando termino ese afeitado y me pongo el After Shave que aún huele a Marta y a la rutina y a la vida que dejé antes de volver a ser el mismo calavera, me doy cuenta de que no hay más que lo que tengo delante, por más que cavile, y piense y me afeite y me ponga el puto After Shave. Y que mis pasos no me conducen a otro sitio diferente del bar, de Susana, de esa gente de mal vivir que me acompaña siempre y que me hacen sentir menos cabrón y más persona.

Entonces… Solo entonces, pienso en Cleo y en iniciar el camino de regreso.

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Publicado el lunes, 8 de octubre de 2012, a las 13 horas y 00 minutos


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[1] De vez en cuando. Joder Eddi, que caro te vendes.
Desde el último trago peino más canas y he perdido hasta las cejas, pero de vez en cuando me sale una mano buena. Si terminas cerrando me ofrezco de socio: siempre supimos nuestro destino de trileros y todavía nos aguanta la próstata.
Comentado por Elvolti | 08/10/2012 14:24






Ilustración de Toño Benavides
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