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PARA TI. Jamás pensé que te ibas a ir de esta manera.
Joder, sin avisar a nadie, sin dejar un hasta luego, una nota, alguna referencia a tus intenciones viajeras más próximas.
Sólo un post en tu blog “El Escondite” del 26 de Abril como una especie de paradoja o de visión o de deseo de saber que existe un mundo mejor.
La muerte es así de hija de puta. Con todas sus letras, y su mal sonar, y su poca gracia cuando te toca de cerca.
Y vas y te mueres. Y el corazón decide que es el día entre los días.
Ya debe estar Lennon, y Boris Vian (por cierto, al final no te devolví el libro que dejaste en casa años atrás) y Cortázar y Miller ansiosos a las puertas del cielo de los escritores esperando tu llegada.
Pero yo me quedo aquí con Eddi Vansi. Sin fuerzas. Triste.
Aquí con nuestro proyecto a medias. Con los sueños en suspenso como si de una broma de mal gusto se tratase.
Y joder, soy incapaz de decirte que esto sin ti no tiene sentido, o por lo menos el mismo sentido, y que Fracasar no es fácil es cosa de dos: dos fracasados felices con lo que hacen. Y no me regañes por mi actitud, entiendeme joder, seguro que sabes cómo me siento y en este momento es imposible leer a Eddi Vansi sin que una pena tamaño familiar me invada.
Tú que eres la mitad que tanta falta me hace, te has ido.
Se cierra el bar por ahora, por una larga temporada hasta que me llegue alguna señal en mitad del camino que me indique si dar de nuevo cobijo a nuestra Susana La Bohemia, o si habilitar el cuartucho que habíamos apañado en el bar como salón de reuniones de clientes casi habituales.
Voy a tomarme un Tanqueray con hielo a tu salud, socio.
Lloraré con Marta tu ausencia.
Cleo mirará desde el Paseo de los Tristes, desde ese Rabo de Nube en el que le regalaste un CD de Silvio en el día de tu cumpleaños, a un horizonte gris buscándote.
María se evaporará con las putas, sobre todo con esa puta triste que tanto amargó algunos meses de tu vida, y las resacas y los días y las noches que han hecho de Eddi Vansi nuestras vidas también descasarán ahora contigo.
El jefe se pondrá de luto y ya no abrirá un nuevo café en mucho tiempo.
Y tu mandilón negro, ¿qué hago ahora yo con el mandilón, ya que mitad de ti ha muerto?
Que triste estoy socio, qué triste y que amargo saber que cuando este texto termine no va a recorrer más el camino cibernético que tanto nos unía. Que no me lo devolverás en tu color azul o verde y yo de nuevo te lo remitiré en rojo o en rosa, pareciendo al final una feria que sólo nosotros entendíamos. Y al final, una vez en negro, no recordaríamos qué parte era de quién. Y eso nos hacía sentir únicos y grandes.
Que cuantos textos se nos han quedado en el tintero coño.
Como homenaje a ti David, a ese cincuenta por ciento de este todo que es Eddi Vansi, dejo el texto que estábamos trabajando para colgar esta semana... Con lo que nos reímos hace un par de días pensando en la posibilidad de Eddi Vansi con perro...
Aquí va; Como lo hemos dejado, sin ultimar, sin perfeccionar, sin darle el último vistazo antes de colgarlo...
Desde allá arriba, mi querido compañero, camarada, mi socio, mi amigo, recuerda que te queremos mucho, muchísimo.
Y que joder, qué difícil va a ser todo esto sin ti.
Te quiero.
MalditosTacones.
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- Voy a regalarte un perro –me suelta el otro día Clara, de sopetón, mientras se viste para irse de mi casa, y yo miro su formidable culo tumbado en la cama, fumándome un cigarro con la satisfacción del trabajo bien hecho, creo- lo he estado pensando, ¿sabes?, y sí, te lo voy a regalar, te va a venir muy bien, Eddi- concluye sentando cátedra.
Clara está guapísima después de hacer el amor, y antes, y mientras, y siempre; pero en su candidez, no sabe lo que dice, por supuesto, ni a quien se lo dice, que en este caso soy yo, y joder, no tiene ni idea de en qué prado a ido a sembrar su era.
Porque aunque Clara esté como un tren y sea una mujer magnífica, y eso no hay quien lo discuta, no será nunca una de esas mujeres de las que me suelo enamorar, porque además, me gusta enamorarme a menudo y sentir así que sigo más vivo que muerto.
Y tampoco es Cleo. La Cleo que me sigue enamorando y por la que sueño.
Ni la Marta con la que ando a vueltas con nuestro divorcio o más bien, con la posibilidad cada vez más cercana de volver con ella.
Clara es Clara, una más y una menos, según se mire; y por mucho que se empeñe en ser una femme fatale, se queda en un intento pobretón de ser la mujer que me quite el sueño.
Pero eso es lo que hay, y ella lo sabe, creo.
-Estás muy solo, Eddi Vansi -añade, como si estar solo fuera una puta mierda.
Clara se piensa que porque nos vemos de vez en cuando, y hablamos y follamos como locos, tiene un derecho o algo sobre mí, una preocupación, un resquicio por el que meter su bolsa de consejos y mangonearme, o meter en mi vida a quien no quiero.
Un perro… ¡No te jode! Sólo faltaba un jodido perro en mi vida. Como si no fuera suficiente responsabilidad cuidar de mí mismo.
-Ni lo sueñes, Clara. Ni lo sueñes.
Me siento en la cama. Apuro el cigarro. Busco las zapatillas. Anhelo una cerveza bien fría, ducharme y volver a la soledad que tanto le preocupa a Clara.
-Habíamos quedado en que no ibas a volver a gruñir, ¿no? Al menos conmigo. Lo prometiste...
-¿Yo? ¿En qué estado estaba cuando te lo prometí? –le pregunto esperanzado.
-En el líquido, Eddi –me contesta Clara, toda chula besándome verdaderamente apasionada- ¿O es que tienes otro?
Lo malo de las jodidas mujeres es que hablan, estoy a punto de decir… Pero me callo, porque el tema está ya muy mascado.
-Lo malo de las mujeres como tú, Clara –le digo- es que... Me importa una mierda lo malo de las mujeres como tú.
Y zanjo la conversación.
Se echa a reír como si yo tuviera gracia. Se termina de recoger el pelo con un leve gesto de diosa. Se acerca a la mesilla, coge un cigarro, lo enciende, se acerca hacia mí echando el humo como Marlene Dietrich borracha, y me planta otro beso lleno de saliva en la boca, y enciende otra vez mi deseo, mis ganas de su lengua, de sus jadeos, de su culo y sus interminables caderas...
-Eres un cabrón, Eddi Vansi. Un cabrón de mierda.
Y tú una verdadera gilipollas si pensabas lo contrario. Pero esto también me lo callo porque así ella se siente más importante.
Y me deja con la miel en los labios, se aleja, se lleva la miel con sus labios, se calza unos zapatos de tacón que elevan su culo a alturas insospechadas, apaga el cigarro, se alisa la minifalda, la blusa, coge su bolso del respaldo de una silla, se lo cuelga al hombro, me echa un último vistazo con sus ojos negros, me guiña un ojo, me tira un beso, me desmayo, enamora al espejo del armario durante unos segundos, y sale por la puerta de la habitación como si yo respirara, y el mundo no se hubiera parado en ese jodido instante de belleza.
-¡Estoy dudando entre un mastín o un chihuahua…! -me grita despidiéndose, y riéndose a carcajadas- ¡Pero ya te diré…!
-¡Ni lo sueñes, cabrona!
Cierra la puerta.
Y en ese instante de soledad absoluta, desnudo aún sobre la cama, con otro cigarro estupendo y el sabor de Clara aún andando en mi boca, creo por un momento que es una gran mujer, que lo es, pero que no es para mí, ni lo que busco y que ni siquiera sé si busco algo o ya lo tengo... Y joder, qué hago yo con ella excepto follármela e intentar no engañarla demasiado...
Me levanto de la cama, voy al servicio, meo.
Me lavo la cara.
Como se le ocurra regalarme un perro, lo tiro por la ventana.
Me miro en el espejo.
Hago como que ladro…, y me río solo.
Lo malo de las mujeres, en fin, es precisamente lo que más me gusta.
Publicado el martes, 28 de abril de 2009, a las 11 horas y 49 minutos
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TIEMPOS MODERNOS. Por la tarde, a las cinco y pico, hace unos días. Llega con su prisa de siempre, sin avisar, sin ganas, de paso hacia mejores horizontes. Yo ando ordenando una colada de tazas y platos y cubiertos, aburrido de escucharme, con el local vacío, como de costumbre a esas horas. Porque el bar, como puede observar cualquiera que entre aquí, y ojala que entre alguien, no está lo que se dice a la altura de los tiempos, ni boyante, ni debe dar un puto duro a este señor de traje hortera que tengo frente a mí, con sus números rojos y su cargo de conciencia en los bolsillos, y que, para su desgracia, supongo, es mi jefe.
Se sienta y me pide un café, y me va hablando despacio, mirando a la barra y haciendo con los dedos circulitos sobre ella. Me dice que está pensando en reformar el bar, pillar una franquicia de esas de “Cafés del Mundo” o algo así, y pegarle un empujón a esto, que la cosa está muy parada, que hay que modernizarse y no sé qué monsergas más. Que así, al menos, te niquelan el local como si fuera un puto macdonalds, y te apañan un negocio que promete y que, si después de todo no va bien, comparado con lo que tenemos tampoco puede ir a peor.
-Y no es tu culpa, no creas, Eddi Vansi –sigue diciéndome, todo cauto, como el padre que le está diciendo al hijo que se está acabando el tiempo de jugar- Sé que este bar sin ti aún sería peor.
Y qué consuelo, hostia.
-No te apures –le contesto - Por más que conmigo parezcas una ONG, esto es un negocio, el tuyo, y tienes derecho a hacer lo que te dé la gana.
Aunque no es eso, joder, bien que sea suyo, pero yo llevo aquí media vida, que no es poco, y si ha sobrevivido todos estos años sin convertirse en un gran café de esos de mierda, será porque no necesitamos ponerle lacitos al local, ni su clientela escasa precisa de barmans pedantes y serviciales como jodidos porteros de fincas.
- ¿Y qué coño dices que quieres montar exactamente? –le pregunto, porque no me quedo con los nombres.
- Un “Cafés del Mundo”. ¿No te suena?
- Si no sirven alcohol no creo que me suene.
- Son una plaga: están por todos sitios. Seguro que los has visto, Eddi. Así como verdes y marrones…
- Ni puta idea, jefe. Ya sabes que yo no alterno mucho de día.
Más bien, suelo emborracharme a quemarropa en el primer sitio que caigo, y cuando salgo de allí suele importarme bien poco si veo o no un Café del Mundo de los cojones.
- De todos modos –le sigo diciendo haciendo honor a mi verdad- aunque sirvieran alcohol, no entraría en un sitio de esos ni sobrio, tú lo sabes.
- Pues sólo tienes que mirarlos desde lejos para ver que están llenos de gente, Eddi Vansi.
- Pero, ¿de qué gente? Ésa es otra de las razones por las que no voy.
- Bueno –me dice impaciente- no vamos a enredarnos ahora con tus rarezas.
Un ruido como de pasos y de puerta abriéndose y cerrándose nos interrumpe lo suficiente como para caer en la cuenta de que estamos en un bar, yo soy el camarero, y la persona que acaba de entrar es un cliente. Al fin un jodido cliente en el bar, pienso; para que mi jefe se entere de que la cosa no va tan mal y esto funciona, y más vale el café del barrio que un puto Café del Mundo, o como se llame.
- ¿Qué va a ser? -le digo, más amable que en toda mi puta vida.
- Verá… Hace un par de días que no como, ¿sabe?…
- ¿Cómo dice? – le pregunto, mientras maldigo mi suerte.
- Si me pudiera dar algo de comer...
Joder, un mendigo, hostias.
Lo que faltaba. Lo que me faltaba a mí, coño.
Mi jefe, que ha visto mi cara de imbécil y se está descojonando, me hace un gesto como diciéndome que haga lo que quiera.
- ¿Qué quieres?
El hombre me mira incrédulo. ¿Cuántos noes llevará encima? En verdad no va andrajoso, y parece uno de esos pobres que se hacen pobres de la noche a la mañana, un pobre de sopetón, el resultado de un buen revés de la vida. Un pobre de solemnidad y digno.
- Lo que pueda darme, señor… Cualquier cosa…
Y cualquier cosa es un bocadillo de boquerones en vinagre, y un tercio, y un platito de aceitunas, y otro de patatas fritas, y un vaso de agua con hielo.
- ¿Qué piensas? –me pregunta mi jefe.
- ¿De qué?
Porque si me pregunta por lo que pienso de la mendicidad tenemos para rato.
- De lo de la franquicia, coño.
Y otro tercio, porque aquel hombre tenía más sed que hambre.
- Ah… No sé, jefe…
- Tú serías el encargado.
- Ya… Sí… -le digo sin entusiasmo, porque tampoco espero menos, joder…
- Sí…, pero que no te gusta la idea, ¿no?
- Bueno, es que yo tampoco pinto demasiado en tu decisión.
-Si quieres se lo comento a este señor, Eddi –me dice con cansancio, mirando al mendigo que, por su parte, deposita el tercio vacío dando un golpe en la barra, como para que yo me dé cuenta.
Le pongo otro tercio.
Le pongo un pincho de tortilla.
Me sonríe como si le acabaran de conmutar la pena de muerte.
Mi jefe está perdiendo el tiempo y la paciencia.
- Yo no me veo trabajando en un sitio de esos, ya lo sabes –le digo, a ver si acabamos de una vez-. Si quieres que sea sincero, me parecen una puta mierda.
- ¿Y a ti qué más te da, si es lo mismo? Sólo que servirías cafés, en lugar de montados de lomo…
- ¿Y el mandil?
- ¿Qué coño pasa con el mandil?
- Me sabe mal tener otro uniforme.
- ¿Ése es el problema?
- No hay ningún problema, jefe; al menos por mi parte.
Y casi que doy por zanjada la cuestión. Porque sí, coño, porque mi mandil es mi puto mandil, y basta. Y Porque es que, a día de hoy, me da igual ocho que ochenta y justo por eso, digo lo que me sale de los cojones.
- Bueno, Eddi Vansi, pues ya te contaré –me dice despidiéndose-. Tengo que irme…
- Como quieras…
Se va, y me quedo solo con el mendigo.
- ¿Un cigarro? –le pregunto, aprovechando que deja de beber y masticar por unas décimas de segundo.
- Muy agradecido, señor… Personas como usted ya no quedan…
- Afortunadamente…
- No diga usted eso –me dice, mirándome indignado y fumándose el cigarro con deleite- ¿Sabe? La vida a veces es como si te encerraran en una jaula llena de fieras… Y sin látigo ni hostias…
- Puede ser… -porque puede ser.
Después nos quedamos callados, supongo que él pensando en las fieras y en los látigos y yo, por mi parte, pensando a quién donaría mi mandilón una vez muerto.
Entra un señor con gafas que pide un café con leche corto de café.
Entra Ségis, a decirme sólo hasta mañana, Eddi.
Hasta mañana, Ségis.
Me pongo un vaso de ginebra con dos hielos.
Le pongo una copa de anís a mi improvisado amigo de la barra.
Me pregunta que dónde está el lavabo.
Entran dos chinos que suelen venir de cuando en cuando a emborracharse en su idioma.
Vuelve del lavabo, se acerca a la barra, me sonríe, me da las gracias sinceramente, nos damos un apretón de manos, y ya despidiéndose, me dice, como en una confidencia:
- Aunque muchas de las fieras sólo lo parecen, no se crea... Ése es el truco…
Ése es el truco, sí. Ser un bar de mierda y vestirse de café del mundo, por ejemplo.
¿Y qué va a decir Susana la Bohemia, me digo, verdadera dueña de este bar, cuando le cuente toda esta basura que me ha contado mi jefe? Porque supongo que le gustará tanto como a mí. Nada. Y me temo que al final acabaremos compartiendo barra en otro antro parecido a éste, mientras la franquicia va de puta madre y hace millonario a mi jefe.
Unos diez minutos después se marcha el hombre de las gafas.
Los dos chinos me piden más bebida, y más bebida, y juro que no entra nadie más en toda la jodida tarde.
A las ocho me canso de hacer el panoli, me pongo borde, y echo con cajas destempladas a los dos borrachos chinos, que por entonces parecen cosacos.
Bajo el cierre, cierro la puerta, vuelvo a la barra.
Me pongo una copa, y voy recogiendo el bar despacito, sin ganas de irme.
Unos porrazos en la puerta metálica me rescatan del silencio. ¿Quién coño será?
Es Susana la Bohemia, joder, quién va a ser si no…; que parece que me escucha, que me huele, y que tiene un sexto sentido para encontrar malas noticias.
- ¿Qué hace aquí a estas horas, Susana?
- Eddi, anda, sírveme algo, que hace un frío del carajo ahí fuera.
- ¿Un Colacao?
- Vete a la mierda, coño…
Le pongo su orujo de rigor, me pongo mis hielos, mi tanqueray, cojo el vaso, doy un trago, y me acodo en la barra enfrente de Susana.
- ¿Mejor? –le pregunto, una vez se ha bebido el orujo.
- Mejor, Eddi Vansi. Gracias.
- Me ha pillado aquí de milagro…
- Vi luz…
- Ya…
Vio luz… Maldita la gracia que me hace, aguarle el orujo a Susana con lo que me ha dicho mi jefe, que ha venido a echar un rato conmigo porque a ninguno de los dos nos espera nadie en casa, porque este bar es su casa, qué coño, y yo su inquilino, y ya se lo diré otro día, porque no me apetece joderle la tarde.
- Vengo del médico…
- No es poco, Susana. Lo malo es no volver…
Nos miramos, nos reímos, joder…, porque tiene gracia. Porque qué menos que el sarcasmo para salir de ésta, que nos pasan los años como jodidos bólidos de carreras.
- ¿Y qué le ha dicho el médico? –le pregunto, con verdadero interés-. ¿Es lo de la cadera?
- Lo de la cadera… –me contesta resignada-, lo de la sangre, el resfriado, y la madre que parió a Franco, Eddi Vansi…
- No empiece…
- No termino, hijo…; no termino.
- ¿Quiere otro orujo?
- Me voy a casa, que me voy a perder Escenas de Matrimonio...
- Venga, no me joda, Susana...
Volvemos a reír...
Y le pongo el último orujo, y hablamos de cualquier cosa, y mientras la miro me parece más bella que nunca, y su aparición una especie de mensaje para decirme que el bar que regento tiene sentido, que la labor social de guarecer a Susana la Bohemia, y la ganancia intangible de mantenerme ocupado y al margen de las calles de Madrid, son razón suficiente para tener abierto este antro y renegar de los beneficios de la jodida franquicia.
Que follen a mi jefe, coño.
Cuando se termina el orujo, Susana se despide de mí, se marcha.
Vuelvo a bajar el cierre y sigo recogiendo.
Termino.
Me pongo la penúltima copa.
Apago las luces.
Bajo al almacén, adonde hace unos meses, por si las moscas, llevé una mesa, una silla cómoda, un lámpara de pie, un pc antiguo que me vale para escribir y escuchar música, y un catre hinchable donde me tumbo cuando me da la gana.
Y me pongo a recapitular, a pasar lista, a poner orden en este cajón desastre que es mi cabeza; y hostia si cuesta sentarse a solas con uno mismo cuando eres ya más viejo de lo que creías y estás más solo, y las verdades son más verdad que nunca y tú está ahí, en medio de todo, saliendo como puedes.
Y me planteo, ahora que la soledad me agarra del pescuezo, qué coño hago con mi vida si a mi jefe le da por vestirme con un uniforme del Corte Inglés, quitarme mi mandil negro, hacerme afeitar a diario y ser cortés con las señoras gordas y sus abrigos de pieles, y los señores con sus bigotes estúpidos, y las pandillas de adolescentes tocando los cojones….
Y me digo que qué coño voy a hacer yo sin poder echar un buen polvo en el baño de mi bar con una mujer de puta madre. O con alguna de las putas a las que pago encantado, y a las que me gusta joderme allí de cuando en cuando, porque uno tiene sus costumbres.
Y creo que lo mejor es llamar a Clara y guarecerme en su cama, sí; y olvidar de alguna manera esta tarde. Porque estar allí no es mejor que estar solo, pero, hostia, cómo folla esa chica.
Cuando salgo a la calle, Madrid se convierte en un terrible gigante, y a mí qué coño me importa.
Publicado el martes, 3 de marzo de 2009, a las 21 horas y 15 minutos
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CLARA. Apunta con sus ojos desde el otro extremo de la barra como si tuviera un par de jodidos revólveres cargados y a punto de disparar. Mira y remira el bar, escudriñando sus detalles en una especie de tentativa de iniciar el atraco perfecto.
Bang, tocado.
Se ordena el cabello. Se ríe. Se enciende un cigarrillo.
Me sigue mirando.
Me acerco.
-¿Le falta algo? –le pregunto, aunque es a mí a quien le empieza a faltar saliva.
-No, no… Está todo bien, gracias.
Entonces, me digo: ¿por qué me mira de ese modo?
¿Y por qué me azoro, joder, con la edad que tengo? ¿Por qué unos ojos tan jodidamente bellos me trastornan tanto? ¿Por qué me cuesta tanto huir de ellos? ¿Es que no he caído aún en suficientes trampas?
Intento concentrarme en algo más allá de sus ojos y sus curvas, así que seco compulsivamente los vasos que acabo de secar mientras un escalofrío me obliga a sacar pecho como anticipando mi ataque. De tal guisa, debo parecer un ridículo gallo de pelea pelado y sin cresta; pero es lo que hay.
Ella, ajena a lo que me ocurre, remueve su taza como si tal cosa a la par que su trasero sobre la banqueta. Repasa la suela de su zapato torciendo el cuello, que aparece de pronto descubierto para que lo goce este gallito de detrás de la barra.
Paso entonces a colocar los cubiertos, que salen ardiendo del lavavajillas industrial y me queman los dedos, joder, aunque me importa una mierda; porque, por un día, mientras esta mujer me siga mirando, soy inmune a lo mundano. Porque el planeta puede dejar de girar si le da la gana y estrellarse en un agujero negro, que hoy es el día de Eddi Vansi. Y al resto, le pueden ir dando.
Hoy, que amaneció tan gris, ella ha venido como un cordero redentor para poner luz en este bar, que es ahora más antro que nunca, con sus escasos clientes habituales, su Susana la Bohemia al fondo de la barra, su taza para el bote de los cojones, y su San Pancracio con el perejil encima de la TV que compré de saldo.
Esa morena espectacular de ojos bellos, que mueve lentamente su taza y acomoda su culo, y se aparta el cabello, y repasa la suela de sus zapatos, y me mira buscando pelea, esa mujer está llamada a hacerme gozar de sexo sin contemplaciones, sin condiciones, como se debe de hacer el sexo, sin menos y sin más.
Vale, coño.
Es el gran momento de secarme las manos en el mandilón negro y acercarme a esa mujer. Porque lo debo de intentar, al menos. Porque uno ya es viejo para darle demasiadas vueltas a nada y pensar que esos ojos buscan otra cosa distinta en los míos, o que esa boca que sorbe el café de la taza no esté destinada, hoy en particular, a dar y recibir gusto.
-¿Necesita algo más?- le digo cortésmente, mostrando la mejor de mis caras, que no es otra que la que tengo.
-Sí, por favor…
Que diga que me necesita a mí. Que lo diga, porque mi sexo amenaza con causar una hecatombe en el resto de mis sentidos.
-Necesitaría, Eddi Vansi, que escribiera más a menudo. Que no gastara tan mala hostia como gasta, y que agradeciera el trabajo que me ha costado llegar hasta usted.
Entonces, es entonces, cuando el bar se cae justo encima de mí dejando ilesos al resto. Cuando el puto planeta se pone gracioso y le da por dejar de girar. Es entonces cuando todas las canas me salen de golpe y me hago viejo. Cuando se oye de fondo la sonora carcajada de Susana la Bohemia; cuando el San Pancracio se descojona señalándome con el dedo; cuando mi sexo alcanza la mínima expresión.
-¿Cómo dice? –le pregunto, porque esto no me lo esperaba.
Y ella responde textualmente lo que había dicho, y se encarama a la barra enseñándome, para colmo, el principio de unos pechos estupendos; y me agarra por el mandil y me suelta un beso con lengua que me asfixia pero que me sabe a gloria.
Y se vuelve a sentar en la banqueta; y me pide otro café, así, sin anestesia ni nada.
-Le escribí un correo –me dice, como justificando su beso- hace mucho; aunque seguro que ni lo leyó.
-Seguro. Lo siento.
-No importa.
Y me sonríe.
Yo le sonrío, y me doy la vuelta para prepararle un café de puta madre que no me sale nunca.
Cuando vuelvo y se lo sirvo, le pregunto que cómo se llama, y le explico que casi nunca miro el correo, que soy así de perro y de estúpido y que cuando aquello se salió de madre y no daba abasto, le di puerta.
-No importa, de veras-me repite Clara.
Y sí importa, joder. Claro que importa.
-Lo daba por hecho Eddi Vansi. Por eso me he preocupado yo de dar contigo antes que el resto de mujeres.
Y esa mentira me hace gracia, joder, y me excita; y miro hacia abajo, y creo que el mundo es un lugar un poco más agradable.
Y de pronto, allí dentro de mi jodida cabeza, como para complicarlo todo, se entorna la silueta fantasmagórica de una Cleo que echo en falta, de la que no sé desde hace demasiado tiempo, y a quien debería follarme de nuevo para que se me quitaran tonterías, y máscaras, y dudas.
Susana la Bohemia, que en los últimos tiempos anda taciturna y más mayor, allá en su esquina, fiel a su costumbre, interrumpe mi ensueño, y me pide la cuenta, coño, como si me pagara alguna vez.
-Lo de siempre, Susana… –le digo.
- Gracias Eddi. Y tú, ¿quién eres? – le pregunta a Clara
-Clara, soy Clara- le contesta, como si la conociera de toda la vida.
Coño, es que la conoce como de toda la vida.
Susana la mira como si fuera mi madre. O la suya.
- Pues ten cuidado con éste, Clarita –le espeta Susana, que no sé si es que tiene celos, o me tiene manía.
-Descuide.
-Que descanse, reina de la noche –le digo, porque ya está cerca de la puerta.
-Que triunfes, Eddi Vansi, que ya va siendo hora.
Y quién sabe.
Publicado el jueves, 12 de febrero de 2009, a las 3 horas y 15 minutos
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SEIS. Escribo (cuando escribo…) como hablo, por eso mis párrafos, como mis conversaciones, están llenos de palabras malsonantes, frases hechas, lugares comunes o recónditos que tal vez afean mis discursos, pero que de seguro me retratan de manera fiel.
Porque si yo hablara en otro lenguaje que en el que escribo, o si escribiera de la forma en que no pienso, ni uso, ni frecuento, tal vez los lectores caerían rendidos a mis pies y las mujeres entre mis piernas, pero de todas todas no sería yo, y hace ya mucho que me di cuenta de que era una jodida estupidez ser quien no eres, y mucho menos, intentarlo por escrito.
Y soy así de burro, de estúpido o de necio.
Podría tirarme el rollo con eso de que es mi jodido estilo, qué pasa; o mortificarme con que no hago sino imitar con el culo a Henry Miller; pero lo cierto es que escribo así porque me sale, porque es como hablo y como me hablan, porque el que vive en la calle vive en la puta calle, y ése es el idioma.
Susana la Bohemia no es Lázaro Carreter redivivo, precisamente.
Los borrachos no prestan demasiada atención a su sintaxis.
Las barras de los bares se llevan mal con los correctores de estilo.
Entiendo que pueda no gustar o no sentar bien cómo escribo, pero me importa una mierda. Siempre queda la opción de no leerme.
Punto y seguido.
Publicado el miércoles, 21 de enero de 2009, a las 14 horas y 27 minutos
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ROTOS Y DESCOSIDOS. Me pregunto en qué casos soy imprescindible, si es que lo soy en alguno para alguien. Cuánta falta hago en la vida de otros. Si realmente soy importante para los que quiero y creo que me quieren, si todo seguiría igual si un día me evaporase, si dijese que hasta aquí hemos llegado o si la dama de la guadaña decidiera que ya es mi jodida hora.
Si me echarían de menos y cuánto tardarían en rehacer sus vidas. Si sólo sería un recuerdo que formara parte del imaginario colectivo de sus mentes. Si acaso fui importante para alguien en algún momento.
Alguien, alguna vez, me dijo que todos somos prescindibles, y llevaba razón. Demasiada razón en su afirmación tajante. Unos más que otros, eso sí, porque no vale lo mismo Miles Davis que yo, aunque, desde mi egoísmo, bien le pueden dar por culo a Miles Davis. Pero en mayor o en menor medida, aquí para los demás sobramos todos mientras no nos hagan falta, porque de todo se sale menos de no poder contarlo.
El caso es que, ahora que ya no estoy con Marta, me cuesta afianzarme, y resulta que no soy capaz de dibujar mi vida sin ella a mi lado, siquiera sólo para poder odiarla.
Y aunque la odio, no la odio, por más que esto no haya quien lo entienda. Lo que me jode es haberla querido de una manera en desuso, me jode porque no la dije que me traía al fresco con cuantos tíos se acostara, o si tenía un amante fijo que le puso un piso en el centro. No fui capaz de decirle que me gustaba estar con ella en casa. Que con eso me bastaba. Oírla con sus diminutos zapatos traquetear por el pasillo. Verla dormir, tan callada y discreta como si fuera la esposa perfecta.
Tal vez la vida pasó tan directa sobre nosotros que sólo nos quedó esa rutina acordada del paso de los años, sin reproches, sin necesidad de replantearnos cómo podría cambiar nuestra relación de pareja.
Por eso pasó lo que pasó, y por eso no la culpo ni me culpo. Ninguno de los dos se dio cuenta de que habíamos cruzado el umbral de irnos al carajo, cuando ya volver es imposible.
Meses después, a veces, cuando la soledad se me echa encima por sorpresa, y ya puedo beber y beber que no hay tu tía, la echo tanto de menos que no me importaría morirme, no sin antes joder al hijo de puta que vive con ella.
O algo.
Pero luego se me pasa.
Publicado el miércoles, 1 de octubre de 2008, a las 22 horas y 46 minutos
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ESPACIOS Y GENTES. No tengo excusa, ni perdón, ni por qué dar explicaciones de mis actos pero, objetivamente, no sólo soy uno de los escritores más desconocidos del panorama literario mundial, sino que de calle soy el escritor menos formal que ha existido nunca.
Sólo soy disciplinado con la indisciplina, y lo único que he conseguido hacer todos los días ha sido beber sin descanso.
En lo demás, nunca tengo la constancia necesaria para conseguir nada, y el tiempo y las oportunidades se me escurren entre la espiral de quehaceres monótonos que componen mi vida.
En todo este tiempo no ha habido grandes cambios, sólo modificaciones de espacios y gentes. Cada uno ha llegado a su sitio y encontrado su vacío, y hemos brindado por ello.
Mi bar es ya mi casa, el refugio que ve pasar mis noches y mis días desde que Marta me puso de patitas en la calle.
Marta y sus neuras, sí. Marta y su renacer de gata en celo hasta los cojones de Eddi Vansi. Marta y su decisión irrevocable de mandarme un poco más lejos del cuerno.
Y joder si la añoro ahora que no tengo sus besos que ya eran los besos de otro. Ni su jodido mantra de “Eddi Vansi, eres un vago redomado”.
Pues no.
Ya no tengo tampoco eso.
Ni tampoco casa fija, ni una vida estable y anodina como la que he llevado todos estos años.
¿La echo de menos?
Sí coño. No soy el jodido diablo, creo.
María me dio asilo político las primeras semanas, empeñada en enamorarse más aún de mí, como si fuéramos quinceañeros. Y no estoy para eso. Y joder si joderla es un placer de dioses, pero también es la bajada al mismo infierno emocional.
Nada…
Susana también me ofreció posada y fonda, pero bastante cansado es aguantarla a diario como para también convivir con sus manías pasada la jornada laboral.
En situaciones como éstas es cuando empiezas a contar quiénes son los verdaderos camaradas, y ves que te sobran dos dedos de cinco. Y uno casi te lo cortas con los nervios.
Pero los que quedan, son cojonudos, y los quiero.
Y ya sé que mi vida no es excusa para no haber seguido escribiendo, pero mis historias eran tan tristes como un serial venezolano. Y nadie merece mis miserias, que son mías y ganadas a pulso; ni tienen por qué aguantar a un borracho llorón y nostálgico que de pronto pone un disco de Moustaki y amenaza con prenderle fuego a los libros de Cortazar.
No…
Este rincón se merece a un cabrón entero, no las sobras de un hijodeputa casi alcohólico en sus ratos libres.
Publicado el martes, 2 de septiembre de 2008, a las 21 horas y 14 minutos
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COMO DECÍAMOS AYER. Soy Eddi Vansi.
He vuelto.
Así que, saludo a los presentes, doy un trago, relleno el vaso, y me dispongo a jugar otra partida.
Publicado el martes, 26 de agosto de 2008, a las 13 horas y 27 minutos
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