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SER RES. –¿Y cómo se va a llamar vuestra niña?
–Ana –contestaron.
Esta es la mía, pensó el pedante que hay en mí. Ana, como dábale arroz a la zorra el abad, es un... ¿un qué? Vaya, se me había olvidado cómo se llaman las palabras o las frases que son iguales hacia adelante que hacia atrás. En fin, continué cenando. Me negué a decir que era un nombre capicúa.
El problema llegó mientras padecía la digestión de la Nochebuena. A las cuatro de la madrugada, en una casa sin internet ni enciclopedia ni diccionario, recordé... que no me acordaba. Mientras me estrujaba los sesos –empieza por p, es una palabra larga, ¿esdrújula?, ¿iba luego una a?...–, caí en la cuenta de que no podría dormirme hasta dar con ella.
Pasaron los minutos. Preferí no mirar el reloj. Para ayudarme, intenté recordar algunos. Di varias vueltas a sé verlas al revés, todo un clásico, y a líame ese email, de Pedro de Miguel, pero nada.
Como suele ocurrir, justo cuando desistí me vino a la memoria. Di la luz, me levanté de la cama y, de repente, apareció no sé de dónde: ¡palíndromo!
Dormí como un bendito. Pero, sin embargo, al despertarme se me había vuelto a olvidar. Regresó, después de nuevos esfuerzos, un rato más tarde.
Algunas palabras se leen de cualquier manera, otras van y vienen a su bola.
Publicado el martes, 26 de diciembre de 2006, a las 17 horas y 47 minutos
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