ELLA, RASGADA, BELLA.. Hay en Chamberí un restaurante chino, que está
en pero no es
de barrio, donde se cobija una chinita bellísima de nombre
Non Che Shei. Cuando me bajo a Madrid a ver al
amigo Manué, esperamos a la hora de la sobremesa para irrumpir en el local, discretamente decorado.
Allí pululan dos cincuentones al borde de la jubilación anticipada que podrían perfectamente buscarse la vida ya no como camareros sino como acomodadores. Incluso, si me apuro y ellos también, dejando correr
lustro y medio, de su beige, como sus chaquetillas, existencia, podrían ganarse las habichuelas currando de limpiabotas o, ya metidos en arena, como revendedores de, sin moverse,
Las Ventas o, más allá, La Maestranza.
En fin, que Manuel y yo ya no esperamos a que ella, bella, venga. Nos conformamos con verla pasar. Engullimos, educadamente, tempuras y rollo de primavera compartido. Alternamos chow mein tres delicias, arroz ídem, pechuga de pollo con salsa de limón y, separado, chipirones. Bebemos
mahou. Postreamos helado, o té verde, o café de posguerra edulcorada. Y la vemos pasar.
Es joven. No me recuerda a
Lin. Tampoco me retrotrae a aquel
animalillo de tapadillo, años ha. Non che Shei viste falda negra. Chaqueta roja entalladísima. Sobre ella, bordado azabache. Camina recta. Apenas gesticula. Podríamos analizar su cara pero preferimos decir: ¿has visto?
Si
vuelvo a nacer, me pido Pekín.