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LOS CIEGOS. Dos hombres juegan una partida de ajedrez. Cuando entro en la habitación se clavan en mí las cuencas vacías de sus ojos. Después vuelven a concentrarse en la partida.
Sobre el tablero reposan cuatro globos oculares que han descargado algún líquido que desconozco. El resto de las piezas ha ido a parar a la caja que los jugadores tienen a su izquierda.
Es evidente que han alargado la partida.
De vez en cuando uno de ellos coge sus ojos y los levanta unos centímetros por encima del tablero. Contempla la situación general del juego, vuelve a depositarlos en sus casillas y se rasca la frente planeando estrategias.
Pasa el tiempo lentamente. Miro por la ventana unos segundos pero cuando vuelvo a la partida, sólo queda un jugador sentado a la mesa. El otro sale por la puerta en ese momento. El perdedor cabizbajo parece negarse a admitir su derrota y continúa mirando ciego al tablero. Me voy antes de que me pida ayuda.
En la calle hace frío. Entro en un bar a tomar un café.
Hay un hombre sentado en la mesa del fondo que me resulta familiar. Al principio no había reconocido su mirada. Se levanta y viene hacia mí. Saca dos ojos del bolso de su chaqueta y mostrándomelos en su palma abierta me dice: ¿Una partida?
Publicado el lunes, 14 de febrero de 2005, a las 2 horas y 48 minutos
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