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LABERINTO. Era un laberinto circular. En el centro, ocupando casi todo el pequeño espacio de su núcleo, un cerebro humano parecía más cautivo que oculto. Es evidente que el laberinto había crecido a su alrededor para impedir que escapara, al contrario que todos los demás laberintos, que se construyen como una fortaleza mental con el fin de proteger tesoros del asalto de ladrones y profanadores.
No tenía posibilidad de alcanzar la salida por sus propios medios y el cerebro, que no era tonto, empezó a trazar un plan de huida.
Pasó el tiempo, las nubes, el viento, la lluvia. Todo estímulo, toda novedad llegaba de las alturas, por donde el laberinto permanecía abierto en una mueca de provocación y burla.
Experimentaba con cambios de color para atraer a los pájaros e imaginaba escenas donde estos lo elevaban por los aires para sacarlo de su prisión, pero nada dio resultado hasta que enrojeció de ira. Entonces, la bandada de cuervos que descansaba en un árbol cercano, se desplazó hacia e laberinto y posados en lo alto de sus paredes comenzaron a picotear el cerebro. Cuando apenas quedaba una cuarta parte de él, casi no recordaba nada y mucho menos tenía la capacidad de comprender el alcance de su tragedia.
Los cuervos terminaron de comer y se refugiaron nuevamente entre las ramas. Dormitaban cagando sin parar hasta que un pequeño montoncito de mierda quedó depositado al pié del árbol.
El cerebro se sintió un poco extraño, no pensaba con claridad, sus planes no habían dado el resultado que él esperaba, pero estaba al fin liberado.
El árbol, que no tenía intención de dejar escapar un abono tan apetitoso, no opinaba lo mismo.
Publicado el lunes, 20 de junio de 2005, a las 11 horas y 32 minutos
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