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VIVA MIYAZAKI. El estreno de El castillo ambulante, el último título de Hayao Miyazaki, debería ser un acontecimiento no sólo para los abundantes fans del realizador nipón o para los entendidos en los tortuosos recovecos del cine de animación asiático, sino para cualquier espectador que desee pasar un rato agradable delante de una gran pantalla. Después de la notable La princesa Mononoke y de la maravillosa El viaje de Chihiro, Miyazaki ya no tiene necesidad de demostrar que el anime ha llegado a su madurez. El viaje de Chihiro, que sorprendió a los críticos sesudos cuando ganó el Oso de Oro en el festival de Berlín y a la afición en general cuando se hizo con el oscar a la mejor cinta de animación, era ya toda una declaración de intenciones sobre los caminos que iba a seguir la trayectoria del director. Como aquella película, El castillo ambulante exhibe una sorprendente riqueza visual que sirve de soporte para una historia que actualiza con envidiable desenvoltura los tópicos de las fuentes folclóricas tradicionales.

Sin embargo, no es esta nueva aventura de Miyazaki una reiteración de los motivos centrales de sus anteriores filmes. El veterano realizador ensaya en El castillo ambulante un arriesgado triple salto mortal que ya merecería destacarse aunque sólo fuera por su audacia en tiempos de conformismo cinéfilo. En efecto, la película de Miyazaki supone un cóctel mezclado y agitado de referencias a los clásicos del cine (el espantapájaros recién salido de El mago de Oz), a los cuentos populares (el irónico guiño final a La bella durmiente) e incluso a los mitos privados del director (la presencia de los pájaros-aviones, una constante en la obra del autor de Porco Rosso). Con estos elementos, Miyazaki da la enésima vuelta de tuerca a una fábula de iniciación nada complaciente. La mirada del realizador se caracteriza de nuevo por mostrar una polarización entre las luces y sombras que pueblan su peculiar territorio fílmico. Dentro del ámbito luminoso se enmarcan los hermosos paisajes tomados del natural, las evocaciones oníricas de la infancia del mago Howl o incluso la presencia del fuego Calcifer, auténtico corazón del peculiar castillo de Miyazaki. Al terreno de la oscuridad pertenecen, en cambio, las siluetas amenazantes y los seres tentaculares que encarnan los remordimientos y pesadumbres que aquejan sus personajes.

En sintonía con esta clasificación del mundo de Miyazaki, todo el celuloide oscila entre el preciosismo (las viñetas del pueblo de la protagonista) y lo inquietante (las escenas de guerra). El castillo ambulante no sólo es una reflexión sobre los espejismos de la juventud y de la belleza, sino también una parábola antibélica que se localiza en una coordenadas espaciotemporales indefinidas, pero inspiradas en la iconografía europea de la Primera Guerra Mundial. Tal vez este aspecto sea lo menos convincente de una película cuya saturación de ingredientes provoca puntuales desequilibrios en su desarrollo. Así, El castillo ambulante es un filme menos redondo que El viaje de Chihiro, aunque no menos fascinante en su tratamiento visual. Puede que al final no podamos demostrar que Miyazaki sea un pariente lejano de Dalí, pero desde luego no nos cabe duda de que es el último emperador del cine de animación japonés.

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Publicado el lunes, 10 de abril de 2006, a las 16 horas y 10 minutos


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Ilustración de Toño Benavides
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