SEQUENTIALEE». TARIK Y LA FÁBRICA DE COLORES.
. El disco ya tiene unos meses, pero lo he descubierto ahora. Yo recordaba a Tarik con perilla de perillán y melena
locomía (¿alguien se acuerda de
Locomía?), y sin haber escuchado jamás una nota suya me imaginaba un rollo insano más propio del
Bunbury que de otra cosa. Y me topo ahora con un tipo pulcramente afeitado, corte de pelo a navaja y traje estilo
Paul Weller, que no sé por qué, pero ya me dice otra cosa. Y cojo el disco, y lo pincho y el pie tonto que se pone a dar golpecitos. Y resulta que está muy bien.
Rápidamente pienso en una definición, y compongo un
frankenstein en el que coso miembros y vísceras de
Los Planetas,
Carlos Berlanga y... pongamos que los
Kinks. Ya ven, a mí estas cosas me salen sin querer; me pongo un disco y me da por profanar el cementerio de la música pop, buscando en nichos y panteones. Y me queda el monstruo tan apañadito como el «Sequentialee» éste. ¡Vaya!, que el que se corta el pelo es el Tarik y a quien le despejan el flequillo es a mí.
Y luego están esas letras. Que yo no se por qué pero cuando me cantan en castellano me pongo rojo como un tomate y con éste pues como que no. Que en la lengua de Cervantes se puede cantar pop, vocalizar, que se te entienda y quedar como un señor.
Y ya no sé qué más decir. Que lo escuchen y que a ver qué les parece. Y que sigan mi ejemplo y le envíen una carta a Tarik para que se cambie el nombre artístico, porque ¡vaya!, uno tiene sus prejuicios y según qué cosas no las escucha por las pintas o por el nombre, o por la portada del disco, y luego se pierde hallazgos, y éste casi se me pasa, y si me pasa no lo cuento y, y, y, ...
Trataba de llegar apresuradamente al final para no tener que decirlo pero no puedo. La última canción («Sé que algún día») es horrible. Pero hasta el mejor escribano, oiga.
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