EL FABULOSO MUNDO DE WILLY WONKA. Charlie y la fábrica de chocolate es el resultado de la aleación de dos talentos singulares, irónicos y corrosivos: el del escritor Roald Dahl y el del director Tim Burton. Sin embargo, y a pesar de que la novela de Dahl ya conoció anteriormente una versión no estrenada en España —
Un mundo de fantasía, protagonizada por el rizoso Gene Wilder—,
Harry y la fábrica de chocolate es un producto netamente burtoniano, tanto en su tonalidad de fábula para adultos como en su poderosa imaginería visual.
De hecho, la película de Burton comienza con aires de relato dickensiano —un tanto caricaturesco, eso sí— para despeñarse a continuación por un torbellino imaginativo que no desdeña ni el sarcasmo cruel (el retrato de los horribles niños invitados a visitar la fábrica de chocolate de Wonka) ni el espectáculo
kitsch (las coreografías musicales de los Oompa-loompa, que devuelven al Burton más desmelenado, el de
Mars Attacks!). Tampoco son nuevos en la filmografía del realizador los toques psicoanalíticos y los chistes cinéfilos. De lo primero da prueba la dosificación de algunos
flash backs que ofrecen retazos de la infancia de Wonka y de la conflictiva relación con su padre, un dentista con el inquietante rostro de Christopher Lee. De lo segundo, los calcos intertextuales que salpican los números musicales de los Oompa-loompa y otras muchas secuencias, desde la referencia explícita a
Escuela de sirenas y a
Una terapia peligrosa hasta el alambicado guiño a
2001, odisea del espacio, en una magnífica escena en que el famoso monolito de Kubrick se transforma en una pastilla de chocolate Wonka.
Los antiguos
fans del director, como quien suscribe, no podemos evitar cierta nostalgia por un Burton más sutil y más lírico (el de
Eduardo Manostijeras y
Ed Word), que parece definitivamente extinto. No obstante,
Charlie y la fábrica de chocolate ofrece numerosos alicientes que justifican su visión y permiten trascender la reductiva etiqueta del «cine para toda la familia». La película de Burton es, ni más ni menos, un excelente espectáculo concebido para el público infantil, pero con unas gotas de mala baba características de su autor. Y, quien no se conforme con los espléndidos decorados o con la magia de los efectos visuales, puede entretenerse coleccionando parecidos entre el estratosférico Willy Wonka y el no menos extraterrestre Michael Jackson. Como dijo el filósofo, hay gente para todo.
PD: Qué buena pinta tiene el trailer de
La novia cadáver, continuación espiritual y destilado macabro de
Pesadilla antes de Navidad que podremos disfrutar en las proximidades de Halloween.