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HOLLYWOOD EN SUS MANOS (2): SOFIA COPPOLA Y HAL HARTLEY. A continuación, presentamos dos nuevas entradas:
COPPOLA, Sofia: La reina de los minimalismos. La niña de El padrino III ha demostrado con sólo dos películas, Las vírgenes suicidas y Lost in Translation, que su apellido no le viene grande. En su adaptación de la obra homónima de Jeffrey Eugenides, la Coppola conseguía rizar el rizo de la filigrana pop e impregnar el celuloide de un extraño aroma a melancolía y desesperación adolescente. Menos original en su planteamiento, con Lost in Translation viajó a Japón para rendir un homenaje a los desolados paisajes nocturnos de Wong Kar-wai. Entre mobiliario de diseño, rascacielos colorables y el inconfundible sabor de un Santori, Scarlett Johanson sufría un espejismo de romance con un Bill Murray decididamente triste. Al final, el «breve encuentro» de sus protagonistas importaba menos que la camiseta de camuflaje de Bill Murray o el «karaoke» donde éste cantaba More Than This. Prueba de que a veces la forma es también el fondo, su película encerraba toda una declaración de principios oculta bajo el retrato de dos almas de neón. Su última y esperada realización, la biografía de la reina francesa María Antonieta, permitirá comprobar cómo le sientan a la directora los vestidos de época. Programada en competición dentro del próximo festival de Cannes, Marie Antoniette promete color, revolución y guillotinas a gogó.
HARTLEY, Hal. Es muy probable que espectadores y críticos lo hayan olvidado, pero un día su nombre fue sinónimo del cine independiente americano. Antes de que John Travolta bailara con Uma Thurman, Hartley ya había dirigido tres proclamas de la nueva estética indie: La increíble verdad, Trust y Simple Men. Híbrido de existencialista francés, profesor universitario resabiado y realizador de videoclips artísticos, las primeras cintas de Hartley reflejaban una acusada personalidad a ritmo de road movie filosófica con personajes aquejados de verborragia. Con su cuarta película, Amateur, abandonó su vocación de cirujano del alma americana para probar con el cine de género, pero el resultado final se parecía demasiado a un remake de Antonioni filmado por un estudioso de Joyce. Después vino Flirt, película de episodios rodada en distintas capitales del mundo, y, cuando ya a nadie se le ocurría prestarle atención, dirigió su obra maestra. Fiel transposición del espíritu del «realismo sucio» al celuloide, Henry Fool era el relato terrible de la amistad de dos seres marginales aficionados a la poesía. Entre el lirismo descarando, el humor absurdo y la mitología betatnik, su fábula lumpen obtuvo el premio al mejor guión en Cannes, pero Hartley ya estaba sentenciado al olvido. Del resto de su filmografía poco sabemos, pues los distribuidores —con buen criterio económico, dicho sea de paso— se han encargado escrupulosamente de vetar su exhibición por estos pagos. Con todo, corren rumores de que le encargaron uno de los filmes que recogían la perspectiva de varios cineastas sobre el nuevo milenio —The Book of Life—, realizó una rara versión de La bella y la bestia —No Such Thing— y acaba de pasear por diversos festivales su peculiar lectura romántica de la ciencia-ficción —The Girl from Monday—. Cuando el cine vuelva a ser la religión de unos pocos conjurados, Hal Hartley seguirá predicando a Godard desde el fondo de su caverna.
Publicado el viernes, 21 de abril de 2006, a las 16 horas y 36 minutos
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