|
|
LA DEL PIRATA COJO. En estos días en los que la cartelera languidece bajo los efectos del calor estival, el cinéfilo acaba viviendo un ejercicio de manierismo estético. Su labor, que en otras épocas del año le exige seleccionar entre los estrenos semanales, atrapar al vuelo alguna película de paso fugaz o lamentarse de las que nunca se detendrán en nuestras pantallas, se limita ahora a probar pasivamente los éxitos precocinados al gusto de Hollywood. Y resulta sorprendente descubrir las múltiples categorías en que pueden dividirse los megahits veraniegos, desde las consabidas parodias de tercer (o cuarto) grado hasta los delirios fantástico-catastrofistas, pasando por la sempiterna actualización de las películas de aventuras para toda la familia. Dentro de ese panorama, la «película del verano» —versión cinematográficamente concertada de las canciones de Georgie Dann— suele ser aquella capaz de amalgamar todos los ingredientes anteriores en un cóctel que habitualmente resulta tan previsible como bizarro. Y este año, una vez descartada la opción superhéroe debido al abatimiento que provoca el último Superman, el honor le corresponde a la segunda entrega de los ya famosos Piratas del Caribe®.
Al menos cabe reconocerle a Gore Verbinski el valor de haberse embarcado literalmente en «una de piratas» después del rotundo fracaso de La isla de las cabezas cortadas, que estuvo a punto de costarles el exilio involuntario a sus creadores. No obstante, Verbinski introdujo ya en la primera película de la saga una premisa que la distanciaba de los clásicos de aventuras: una clara tonalidad autoparódica, que no renunciaba al deliberado anacronismo, y una aproximación al género fantástico entre tétrica y light. En la nueva entrega, los piratas de Verbinski vuelven a tener adversarios tirando a lúgubres y viven nuevos encuentros y desencuentros en pura clave bizantina.
Sin embargo, los problemas surgen enseguida. El primero de ellos reside en que, más allá de su audacia inicial, Verbinski se muestra poco hábil para hacer avanzar su artefacto, lo que le obliga a repetir la misma fórmula narrativa con mínimas variantes (peleas sobre ruedas de molino / peleas dentro de jaulas, catástrofes marinas / catástrofes subacuáticas, etc.). Otro de los aspectos que se le pueden reprochar a estos piratas posmodernos es que los argumentos de sus películas se parecen demasiado a los de una serie de aventuras gráficas para ordenador —la magistral Monkey Island—, hasta el punto de calcar ciertas secuencias, imágenes y peripecias (la serenata nocturna del pirata zombie, el episodio de los caníbales). Y la puntilla consiste en las dos horas y media largas que dura la acción, por más que salga Keira Knightley y que el capitán Sparrow sea uno de esos intrépidos petimetres que tan bien se le dan a Johnny Depp (un personaje por lo demás muy similar al que interpretaba en Sleepy Hollow). En definitiva, Piratas del Caribe garantiza un cierto entretenimiento para todos los públicos, aun a costa de su ya escasa novedad y de que el espectador, probablemente, nunca más volverá a pedir pulpo a la gallega.
Publicado el lunes, 21 de agosto de 2006, a las 20 horas y 06 minutos
|