RESURRECCIONES. A falta de ver aún
King Kong, este cronista decide pasarle hoy de nuevo el micrófono a Mario Altares, quien siempre parece tener algo nuevo que contar a los lectores cinéfilos: “Desde Dickens sabemos que cada Navidad trae un milagro. Suele ser un prodigio mínimo, de esos que ni siquiera nos dejan boquiabiertos; si acaso algo perplejos, con la actitud del alumno que frunce el ceño porque no ha comprendido la pregunta, o quizá porque la ha comprendido demasiado bien. Esos milagros cotidianos, en contraste con los grandes relatos que surcan la televisión, sacuden las ciudades de vez en cuando y tienen una sintomatología variable: pueden protagonizarlos mendigos poetas, ejecutivos melancólicos o (tampoco es cuestión de ponernos cursis) palomas que ofrecen su vuelo rasante sobre las fuentes públicas. El milagro de estas Navidades tiene nombre de mujer y cuerpo de cine. Sí, amigo, hablo de la reapertura de los Ana, que han tardado más de tres días en salir del sepulcro pero que al final han abierto de nuevo sus puertas. Además de albergar la filmoteca los lunes y martes, ahora las tres minisalas de la ciudad donde arrastro mis días funcionan, como antes, con una programación autónoma. Es posible que no haya una renovación excesiva en su cartelera, pero al menos su sombra resiste a esos colosos de las afueras donde a uno le inyectan por un módico precio hora y media de celuloide, una ración de palomitas y cuarto y mitad de adolescentes vocingleros. Por eso la pervivencia de un pequeño local en el centro de la ciudad es una auténtica proeza. Por eso hoy escribo estas líneas.
PD: Amigo, huye de
Lutero como de la misma peste. Se trata de una miniserie con tufo a
europudding embutida en dos horas interminables con mucha tortura interior y do de pecho hollywoodiense. Mejor leer el
Apocalipsis, ahora que parece haberse vuelto a poner de moda el fin del mundo. Nos vemos en los bares”.