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HOLLYWOOD EN SUS MANOS (5): BAZ LUHRMANN Y CHRISTOPHER NOLAN. A la hora del aperitivo, ahí va una doble ración de polémicos y heterodoxos.

LUHRMANN, Baz. El australiano podría proclamarse, como Rimbaud, el nuevo rey del «pastiche». Debutó con el musical El amor está en el aire y pronto fue requerido por las hordas hollywoodienses, para las que rodó una versión desmitificadora, juvenil y tirando a insufrible de Romeo y Julieta. Sin embargo, logró expiar la culpa de haber profanado la tumba de Shakespeare con su brillante y colorista Moulin Rouge. Paradigma del cine posmoderno, en el musical que abría el nuevo milenio Luhrmann sugería que los argumentos podían ser meros pretextos, que los personajes no tenían por qué mostrar encarnadura humana y que el único lema al que era necesario guardar fidelidad se sintetizaba en un simple Show must go on. Iconoclasta, kitsch y torrencial, su Moulin Rouge probaba que la acumulación de materiales de derribo podía alcanzar, por exceso, cierta dignidad artística. Maestro del cine influido por el cine, sus espectadores siempre lamentaremos que finalmente se viera truncado su proyecto de Alejandro Magno, que prometía ser más divertido y dinámico que el mamotreto de Oliver Stone. Los noctámbulos aseguran que en la galaxia de Hollywood hay un cabaret ilegal a nombre de Baz Luhrmann.

NOLAN, Christopher. Deslumbró con Memento, viaje a la semilla del thriller narrado en orden cronológico inverso. Menos tramposo que otros intentos de dinamitar la sintaxis del policíaco contemporáneo, como los Sospechosos habituales de Bryan Singer, su apuesta por el relato experimental permitió a los más optimistas albergar esperanzas sobre la revitalización del cine independiente norteamericano. Desde ese prisma, Insomnio supuso una cierta decepción. La segunda película del realizador era un trabajo de sobriedad espartana que buscaba su inspiración en las raíces del mal. Menos elaborada formalmente que su opera prima y con un desenlace previsible, Insomnio contagió al público del frío que transmitían sus imágenes. Volvió a desconcertar a los augures cinematográficos al encargarse de dar nuevas alas a uno de los pocos superhéroes humanos de un Olimpo de tebeo. Lejos de las tinieblas diseñadas por Burton, Batman begins era un thriller urbano que transcurría en una Ciudad Gotham más física y menos fantasmagórica que su precedente. Con referencias puntuales al género de artes marciales y al de espías (versión Bond), su Batman puso de relieve algo que ya intuíamos: el genio de Nolan no reside en los funambulismos del mestizaje genérico, sino en su habilidad para desmontar los tópicos del cine negro. Y en ese arte no hay nadie más siniestro que Nolan.

Publicado el jueves, 25 de mayo de 2006, a las 13 horas y 26 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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