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UN RASTRO EN LA NIEVE. Se ha dicho que La vida es un milagro, la película más reciente de Emir Kusturica, es un filme para fans del director, que ha aportado al cine europeo algunas de las imágenes más divertidas, hermosas y desconcertantes de los últimos años: ¿quién no recuerda a las jirafas huyendo del zoo de Belgrado al comienzo de Underground o el pintoresco papel desempeñado por las ocas en Gato negro, gato blanco? Pues bien, al contrario de lo que sugieren la mayor parte de las críticas, La vida es un milagro es una excelente oportunidad para acercarse por primera vez al universo barroco y felliniano de Kusturica, ya que en esta película se encuentran, sublimados hasta la hipérbole y exagerados hasta la caricatura, las virtudes y los defectos del realizador serbio.
Kusturica es un humorista. De hecho, sus películas funcionan mediante una acumulación de gags que, en ocasiones, remite al cine mudo. De ello hay numerosos ejemplos en La vida es un milagro: sólo en el primer tercio del filme, cabe destacar el vodevilesco partido de fútbol, el rápido viaje en camilla por los tortuosos pasillos de un psiquiátrico o la dislocada actuación musical de la mujer del protagonista, que sirve de prólogo a la fiesta con la que el pueblo celebra el llamamiento a filas del hijo futbolista. También sabemos, desde la época de El tiempo de los gitanos, que el realizador cultiva una suerte de realismo mágico a la europea, en el que el velo de una novia puede adquirir vida propia y en el que alguien puede manejar los cubiertos de cocina mediante capacidades telepáticas. No faltan estos ingredientes en su última película. Más allá de las escenas oníricas, como la secuencia en que los protagonistas sobrevuelan el pueblo…¡dentro de la cama!, destaca una idea visual que responde a la plasmación estética de uno de los Doce cuentos peregrinos de García Márquez, «El rastro de tu sangre en la nieve», y que no desvelaremos aquí para no aguarles la fiesta a los potenciales espectadores del filme.
No obstante, La vida es un milagro es una película más desequilibrada que la vitriólica Underground o que la divertidísima Gato negro, gato blanco. Las razones de este desequilibro habría que buscarlas, probablemente, en el germen de la historia, que responde a la libérrima interpretación de un suceso real: un serbio hizo rehén a una musulmana para canjearla por su hijo, prisionero en el bando rival, pero acabó enamorándose de ella. Esta anécdota, sin embargo, no siempre encuentra una traducción adecuada en imágenes. Por una parte, la historia amorosa tarda bastante en alzar (literalmente) el vuelo. Por otra, la felicidad contagiosa de los personajes de Kusturica chirría cuando éste se aproxima a hechos históricos que aún están recientes en la memoria de los espectadores. No ignoramos que una de las funciones del arte es desmitificar la realidad, pero de ahí a obviar el trasfondo trágico de la guerra media un buen trecho. Nadie le pedía un drama a Kusturica, lo que sería igual de irresponsable que reclamarle peras al olmo, pero a veces (demasiadas) el realizador parece querer convencernos de que el enfrentamiento bélico fue una comedia bufa. Y eso tampoco parece admisible.
Pero un Kusturica, aunque sea un Kusturica menor (y éste lo es), deja siempre unas cuantas escenas para comentar con los amigos. Porque ya me dirán cómo puede uno regresar a su casa tranquilamente sin compartir con alguien la imagen de una borriquilla obstinada en suicidarse por mal de amores mediante el expeditivo método de arrojarse a las vías del tren.
Publicado el jueves, 27 de enero de 2005, a las 20 horas y 06 minutos
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