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DORA (IV). -¿Os apetece un café?
-¡No! ¡no!- Contestamos nerviosos y un poco atolondrados.
-Tranquilos-dijo Dora mientras sonreía simulando sorpresa
-Sólo es un café.
-Bueno vale, un café.
Tras la butaca había una pequeña cocina americana. Con cada paso que daba, una cadera y luego otra salían despedidas hacia los lados y era milagroso que las paredes de la caravana no estuviesen llenas de abolladuras. Dora, acostumbrada a los espacios pequeños, se movía con gracia pero nosotros sentíamos como la tela de la bata rozaba la punta de nuestras narices por un lado y su culo por el otro.
-¿Cómo lo queréis?
-Yo con leche-dijo M.
-¿Y tú?-volvió a preguntar sin volverse.
-Cortado-contesté yo. A fin de cuentas estaba hablando con un culo.
Por la mañana temprano -es decir cuando uno se levanta-el café en una cafetería no huele a cama, ni a sueño, ni a secretos de alcoba. Como mucho huele a camarero mal duchado, a prisa por ir a trabajar o a masajes after-shave "para hombres de hoy".Luego está esa nube densa en la que van envueltas algunas mujeres y que no se sabe si es el perfume, la crema hidratante, la antiarrugas, el maquillaje, el fijador o todo junto.
El café que estaba preparando Dora olía cada vez mejor.
De algún rincón salió un gato siamés gordo y deformado. Subió lentamente a la mesita rinconera que teníamos a nuestra izquierda y allí se quedó mirándonos sin pestañear. Arrogante y agresivo, en su mirada podía adivinarse la seguridad de quien ya ha meado el territorio. Tan desagradable y tan mimado como un niño con catorce tías.
Publicado el jueves, 1 de febrero de 2007, a las 2 horas y 08 minutos
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