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DORA (VIII). EL PAYASO
El pobre diablo no podía hacer otra cosa, así que continuó con el turismo alcohólico. A partir de entonces las únicas pistas que conoció fueron las plazas de los pueblos que visitaba el circo.

A las cuatro de la madrugada, cuando renqueaba sujetando el hígado con el codo, se dedicaba a ejecutar su número para bancos y farolas que permanecían durante toda la representación en un obstinado silencio.
Noche tras noche llegaba tropezando a la feria guiado por el olor de las bestias entre ruidos de cacharros y golpes en las rodillas.

Un 28 de diciembre salió a coger una curda del catorce como tantas otras noches, pero algo debió ver que le hizo cambiar de opinión y volvió luciendo un traje nuevo a cuadros, aseado, peinado y oliendo tan fino como el caniche de una Madame.
Cuando subía los cuatro peldaños de la escalera notó que el carromato se movía levemente sobre la suspensión de ballesta. Cambió de mano el ramo de flores que llevaba, se limpió los zapatos en un felpudo que decía Wellcome y abrió la puerta de golpe.
Dora estaba a cuatro patas sobre la butaca roja con un domador pegado al culo. Los tres quedaron petrificados excepto el gato, que dijo "miau". Cuando le vio con el culo tenso ,agarrado al tutú de ella ,con los leotardos por los tobillos y la piel de tigre arremangada por la cintura, comprendió que la cosa había alcanzado unos niveles de complejidad fetichista que hacían imposible la vuelta atrás.

Entonces también la perdió a ella o, más bien, así se deshizo ella de él.

Llegó un momento en que contaba con pocos amigos que pudieran aguantarle toda la noche pringando el moco entre copa y copa, pero todos sus conocidos se prestaban a consolarlo, quizá porque no hay nada mejor para mitigar las desgracias propias que las desgracias ajenas.
-El que pierde una mujer no sabe lo que gana-le decían, pero él no podía olvidar lo que había visto: los pelos del culo de Salvatore, el domador, tan rizados como su bigote; y lo que no había visto: la polla clavada hasta la ingle en el culo de Dora, mientras ambos le miraban a él plantado en la puerta, haciendo esfuerzos para sujetar aquel ramo de margaritas que había robado en un parque. En ese momento estaba tan débil, tan vulnerable, que si llegan a caérsele de las manos le hubieran roto un pie.

La gracia en la pista tampoco volvió a pesar de los recientes golpes de infortunio sentimental.
-Olvídala hombre- insistían.
-Claro ,claro -contestaba intentando parecer convincente, pero sin hacer el más mínimo esfuerzo por salir de su letargo. Dora no había sido para él como las otras. Además-pensaba- hay mujeres y mujeres, pero un payaso siempre será un payaso.

Publicado el martes, 13 de febrero de 2007, a las 22 horas y 05 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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