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DORA (V). Le presenté a M. como el fotógrafo del periódico. M. sabía tanto de fotografía como de pilotar hidroaviones, y me presenté yo. No repetiré la sarta de mentiras que adornaron el momento. El caso es que colaron y si no colaron importaba poco. Eso estaba claro porque Dora conocía el valor de una buena mentira. Con la franqueza y con la verdad no sabes a qué atenerte. No se puede saber que tortuoso engaño esconde alguien que va por la vida abriendo las palmas de las manos hacia el cielo con la verdad por delante, pero puedes jurar que te la está metiendo doblada porque él mismo es el primero que se lo cree."True Believer" o el síndrome del predicador. Dora había aprendido a no desconfiar de las mentiras:
Johnny: Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.
Vienna: Te he esperado todos estos años.
Johnny: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto.
Vienna: Habría muerto si tú no hubieses vuelto.
Johnny: Dime que aún me quieres como yo te quiero.
Vienna: Aún te quiero como tú me quieres.
Johnny: Gracias. Muchas gracias.
-¿Cuál es su nombre? No el artístico sino el de pila, quiero decir.
-Adoración Martínez, cariño-no mentía- pero trátame de tú que hay confianza.
A partir de ahí no me dejó hacer una pregunta más.
No podíamos apartar la vista del gato y él nos miraba tenso como si hubiera reconocido enemigos naturales. Es evidente que esperaba una reacción violenta e inmediata por nuestra parte, así que allí estábamos los dos unidos al animal por un campo de fuerza que ninguno sabía cómo romper.
Dora hablaba y hablaba recostada en aquella butaca oscurecida por el paso del tiempo y la caída del sol a través de las exiguas ventanas de su caravana; unos ventanucos que trataban desesperadamente de parecerse a ventanas de verdad, ahogadas a cada lado por primorosas cortinas rematadas en volantes que ondulaban tulipanes amarillos.
Publicado el sábado, 3 de febrero de 2007, a las 1 horas y 16 minutos
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