EL GATO DE SCHRÖDINGER. Cito a un vecino de escalera:
Teletrabajo.
Para los vagos que no sepan valorar el esfuerzo personal que me supone poner un link (que sepáis que no pongo más porque me da pereza), les cuento que el vecino poco más o menos viene a decir que es teletrabajador, y que su vida y su trabajo se funden; que no tiene horarios, ni fiestas, que es esclavo, pero que es una esclavitud estupenda (si alguien no está de acuerdo con el resumen, que levante la mano).
Yo también soy bastante teletrabajador, y he de decir que, pese a que aún no he adoptado las medidas para solucionar los problemas que conlleva, sí he dado con los mecanismos para hacerlo.
Hay uno fundamental: el control de las comunicaciones. El móvil e internet son creaciones perversas, que hacen que estemos permanentemente localizados (¿recuerdan cuándo no teníamos teléfono móvil, y ni siquiera lo echábamos en falta?; aunque parezca increible, vivíamos sin ningún problema, nos localizábamos sin dificultades, y lográbamos encontrar las cosas sin tener que llamar a nuestra madre ni a Tidós).
A este permanente estado de conectividad en el que nos hallamos, en mi caso se añade un agravante: el insomnio. Ésta letal combinación conlleva dos consecuencias contrapuestas.
La primera: barra libre. Desde el mismo momento en que cualquiera de mis jefes se entera de que duermo poco, no tiene ningún reparo en llamarme a cualquier hora. Pensarán "las tres de la mañana es tan buena hora como cualquiera para hablar con él".
La segunda: sensación de informalidad. Se sabe que alguien sabe de técnicas de marketing téte-a-téte por cómo te da la mano o cómo tiene montado su despacho. Dicen que para lograr una posición dominante en la negociación es conveniente dar la mano adelantándose al rival, y hacerlo siempre con el dorso hacia arriba, y también dicen que es conveniente mirar de arriba a abajo al contrincante, con lo que una silla alta, rígida y de gran respaldo, frente a un mullido sillón bajo para el invitado ayudan. En mi caso, mis jefes suelen establecer la posición dominante preguntándome, sea la hora que sea, si me acabo de levantar.
No se me aclaran, me dicen que no duermo nunca, y también que siempre estoy durmiendo. El mismísimo
gato de Schrodinger personificado. Y extraigo del link, otra vez para los vagos:
Es decir, aplicando el formalismo cuántico, el gato estaría a la vez vivo y muerto; se trataría de dos estados indistinguibles.