QUIM MONZÓ. Parece que se ponga deberes, y se obligue a cumplirlos. A veces falla, y entonces se pierde por los cerros de Úbeda. Leer lo que escribe en situaciones así, llega casi a agobiar, pero siempre con la sensación de que a la vuelta de la esquina habrá algo que merezca la pena.
Otras veces acierta. Muchas veces. Cuando es así, el relato huele desde el principio. Precisión, humor, sorpresa, se combinan poco a poco, van haciendo que los ojos se abran y la sonrisa se ilumine, y nos llevan de la mano a través de las páginas, unas veces muchas, otras veces (las que más, y las mejores a mi modo de ver) pocas.
A veces sus historias parecen esos ejercicios que el maestro proponía y que a nadie nos apetecía hacer, juegos donde las reglas a casi todos nos ahogan, pero que a él le sirven como estímulo para crear algo diferente y original. Empieza muchas de sus historias donde otros las acabarían.
Se pregunta qué ocurre después de que baje el telón, después del
The end, después de los felices y las perdices. Por eso me acordé de él cuando escuché
la conversación entre Brad y Angelina, y por eso os recomiendo a todos que lo leáis. Y a tí, Quim, si es que algún día lees esto, te recomiendo que veas la película, aunque sólo sea por esa escena.