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DIE DEUTSCHE TAGEBUCH (III). DAS PARFUM.. El otro día fui a ver Das Parfum, o como dicen los que no saben alemán, El perfume. Entre ellos yo.
Espero que el Babilonio la vea y escriba sobre ella, y no voy a mear en su césped, pero he de decir que me gustó mucho, y que recomiendo que la vean. Me parece que hace justicia a un buen libro, y eso que teniendo como protagonista al mundo de los olores, llevarlo al cine (sin Odorsystem ni ningún invento de esos) era complicado. Para mí fue una experiencia visual maravillosa, sobre todo teniendo en cuenta que no me enteré de nada de lo que decían en la película.
Además, por fin supe lo que quería decir la expresión cine independiente. No puedo ilustrarlo con imágenes, así que trataré de describirlo. Porque cuando te dicen que vas al cine, en España suele ser algo así como un megacentro comercial con multisalas hasta debajo de las piedras, o también un gran cine en el centro de la ciudad, o incluso un viejo cine con solera y muchas historias en la platea.
Aquí para ir al cine me llevaron a una vieja fábrica abandonada, con una triste farola en la puerta y un cartel de uno 30x100cm que decía Kino. Terminamos de abrir la puerta entreabierta, y nos dimos de bruces con lo que hacía las veces de vestíbulo, taquilla y tienda de marranadas. A un metro de la puerta había un contenedor de los que se usan para transporte marítimo o ferroviario, al que le faltaba una de las puertas, que era por donde asomaba el taquillero/acomodador/vendedor de marranadas. Por supuesto, los cinco que íbamos no cabíamos a la vez.
Una vez comprada la entrada (4 euros, descuento de estudiante incluido), giramos noventa grados como el que baila un chotis, descorrimos una cortina y entramos en la sala. Sala que no era más que la citada vieja nave industrial, con las paredes desnudas semicubiertas por unas cortinas (telas es una palabra más apropiada) no suficientemente grandes para ocultar los muros.
En la pared opuesta a nuestra entrada, una lona blanca. Bajo ella, un altavoz grande, flanqueado por dos réplicas en los extremos de la platea. Y la platea, con sus butacas. Eso sí, sólo dos filas. Y no todas iguales. El resto, sofás, sillones, sillas, y demás útiles reciclados con el objeto de apoltronarse debidamente para disfrutar de la película. Ahora en invierno la gente ya no se lleva su manta, porque han instalado un nuevo sistema de calefacción.
Yo disfruté, y creo que más de uno también lo haría. Algunos Babilonios dejarían de añorar los Astoria.
P.D: He encontrado una foto del cine en cuestión. Es de día y no le hace justicia. La puerta que se ve está inutlizada, se entra por una más pequeña en el lateral no visible.
Publicado el martes, 24 de octubre de 2006, a las 15 horas y 42 minutos
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