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EL RETORNO DE AMÉLIE. Un largo domingo de noviazgo, la nueva película de Jean-Pierre Jeunet, es uno de esos filmes que proporcionan sobrados argumentos tanto a los admiradores como a los detractores de la obra de un cineasta. Los primeros alabarán la trama detectivesca; la cuidada ambientación; la excelente fotografía, a cargo de Bruno Delbonnel, e incluso la banda sonora de Angelo Badalamenti, el compositor habitual de David Lynch. Los segundos esgrimirán de nuevo como principales razones de su rechazo la tonalidad sentimental de la historia o el excesivo efectismo del realizador —los insertos en blanco y negro sobre el pasado de los personajes o los ingenios mecánicos de la vengadora mantis religiosa Tina Lombardi, que intenta liquidar a los responsables del asesinato de su novio soldado—. No obstante, no se le puede negar a Jeunet sentido del riesgo y una innegable capacidad para imprimir a sus películas una atmósfera visual propia, algo ya perceptible desde su prehistoria cinematográfica, tal como certifican sus dos producciones firmadas con Marc Caro: Delicatessen y La ciudad de los niños perdidos.
En lugar de recurrir a la dinámica del azar y a las fórmulas circenses que tan buenos resultados le dieron en Amélie, Jeunet desplaza su historia a los años veinte y proyecta su argumento sobre un conflicto bélico a menudo olvidado por el cine: la Primera Guerra Mundial. Es cierto que la distancia temporal entre este hecho y la eclosión del cinematógrafo impidió la proliferación de películas de propaganda que sí surgieron al aliento del triunfo de los aliados en la Segunda Guerra Mundial. Tampoco la estética decadente del nazismo puede compararse con los uniformes grises y las bayonetas caladas de quienes intervinieron en la guerra de 1914. Sin embargo, Jeunet sabe extraer una notable rentabilidad estética de la violencia que retrata, al tiempo que ofrece una lectura moral, no por consabida menos intensa, sobre las tragedias de la guerra. Por un lado, los enfrentamientos bélicos de la película están filmados a la manera interactiva de Salvar al soldado Ryan, de Spielberg, según la siguiente consigna: que el espectador viva los combates como si realmente hubiera estado allí. Por otro lado, la trama de la película, que abarca una compleja historia de deserciones y arbitrariedades militares, entronca con la que todavía hoy es la mejor película sobre la Primera Gran Guerra: Senderos de gloria, de Stanley Kubrick.
Pero interpretar Un largo domingo de noviazgo simplemente como un filme bélico es obviar sus principales virtudes: su imaginería visual, en ocasiones digna heredera del primer Tim Burton; su conseguido sentido del ritmo y su agilidad narrativa en una historia proclive a los vericuetos argumentales imprevistos, o su tamizada atmósfera sentimental; tal vez demasiado almibarada en algunos momentos, aunque no por ello menos efectiva.
Y hemos dejado para el final un breve comentario sobre la musa indiscutible de Jeunet, Audrey Tatou, a quien comparamos, a petición de los fieles lectores, con su compatriota Élodie Bouchez. Tatou tiene sin duda a su favor una sonrisa contagiosa y una expresividad felina de actriz de cine mudo nacida a destiempo. Sin embargo, la magia que irradia su presencia en el celuloide depende de que sea Jeunet quien la dirija (véase, si no, su sosa interpretación en Una casa de locos, de Cédric Klapisch). Bouchez es más versátil, y sabe interpretar a personajes difíciles: estoy pensando en La vida soñada de los ángeles, probablemente su mejor papel, junto con el de Los juncos salvajes, de Téchiné. Más exhibicionista, pero también menos contenida, la hemos visto a las órdenes de Jean Marc Barr (por ejemplo, en Demasiada carne). Y, puestos a terciar en el juicio de Paris, este cronista se atreve a proponer dos actrices francesas para espectadores inquietos. Desde mediados de los años noventa, me perseguía la presencia de Emmanuelle Béart (La bella mentirosa y Nelly y el Sr. Arnaud), de quien Chabrol dijo que tenía cara de ángel y cuerpo de prostituta. Hoy, aún no he conseguido zafarme de Virginie Ledoyen (Finales de agosto, principios de septiembre y Ocho mujeres), que sale bien hasta en las películas malas.
Publicado el miércoles, 2 de febrero de 2005, a las 21 horas y 58 minutos
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