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DIEZ. 5x2 no siempre da diez como resultado. Así lo atestigua la última película de François Ozon, un estimable realizador francés que cuenta en su haber con filmes notables —especialmente, Bajo la arena— y con algunas curiosidades más o menos irónicas o sicalípticas —la almodovariana Sitcom; Gotas de agua sobre piedras calientes, a partir de un guión de juventud de Fassbinder, y Ocho mujeres, donde reunía a un inmejorable elenco femenino para parodiar los códigos del cine musical y detectivesco—. Sin embargo, los síntomas de agotamiento que se percibían en su anterior filme, Swimming pool, al que salvaba in extremis una pirueta metaficcional, se agudizan en 5x2 hasta límites preocupantes. En este caso, la voluntad de transgresión estilística propia del director se revela, al cabo, bastante alicorta. Y es que, después de los precedentes cercanos de Memento e Irreversible, relatar una historia a la inversa ha dejado de constituir una novedad sustantiva. Con todo, la principal influencia de 5x2 no se encuentra en los títulos anteriores, que subordinaban la fragmentación y el desorden narrativo a una relectura del cine negro o a un discutible afán experimental, respectivamente. En cambio, el origen de la película de Ozon, acaso encubierto con premeditación y alevosía por su realizador, es El riesgo de la traición, un interesante y semidesconocido filme inglés dirigido en 1982 por David Jones y protagonizado por Jeremy Irons, Ben Kinsgley y Patricia Hodges. En el filme de Jones, la alteración cronológica (al igual que el de Ozon, éste comenzaba con el desenlace argumental para remontarse a los inicios del conflicto) se ponía al servicio de una reflexión sobre los entresijos matrimoniales, a través de un triángulo amoroso mostrado con un cinismo típicamente británico.

Nada de esa ironía se trasluce en 5x2, que, como sugiere su título, se divide en cinco bloques narrativos donde el realizador desvela las mezquindades cotidianas de la pareja protagonista, desde su definitiva ruptura hasta el momento en que se conocen. No obstante, las posibilidades estéticas y ficcionales de la historia aparecen sistemáticamente contradichas por la labor de Ozon, que, en lugar de ofrecer un análisis psicológico de sus personajes, tiende a demorarse en los aspectos más escabrosos de la relación entre ambos. Para que nos entendamos, Ozon está más cerca de la línea de la reciente Closer que de los filmes de Bergman sobre la crisis matrimonial. De ahí que su película se reduzca a una serie de viñetas más o menos desconectadas donde se suceden las infidelidades de los protagonistas en una desenfrenada competencia según los dictados de «arre maldito, arre peor». Y, todo ello, sazonado por un presunto estudio sociológico que, a juzgar por el pintoresco comportamiento de los personajes, antes se diría salido de un manual antropológico sobre las costumbres del pueblo esquimal que de una observación supuestamente objetiva sobre nuestros vecinos europeos. No sé si la película tiene una finalidad realista (al salir de la sala, dos señoras de edad tirando a provecta exaltaban la verosimilitud del relato), pero a este cronista el universo de orgías, pasiones arrebatadas y libertinaje sádico que ofrece Ozon se le antoja harto libresco. Al final, el espectador llega a la desoladora conclusión de que tan antipático es el personaje interpretado por Valeria Bruni Tedeschi como el encarnado por Stéphane Freiss. Para ese viaje, no hacían falta semejantes alforjas.

Publicado el martes, 22 de febrero de 2005, a las 21 horas y 06 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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