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PLANETA JARMSUCH (3): LA VIDA ES TAXI. Cuando uno se dispone a contemplar una de esas películas que de algún modo determinaron su educación cinéfila, es habitual que al recelo que suscita cualquier revisión de antiguo celuloide se añada una débil voz que intente prevenirnos sobre la probabilidad de salir decepcionados de la sala (de cine o de estar, eso es lo de menos). Hace unos días este cronista sentía algo similar mientras insertaba en su DVD el flamante disco de Noche en la tierra, que Jim Jarmusch dirigió allá por 1992. Sin embargo, conforme pasaban las primeras secuencias y se sucedía el ritmo de los episodios, quien suscribe tenía la sensación de regresar al momento en que vio por primera vez a aquellos personajes y le fue permitido seguir durante un trecho sus vidas. Así que, a principios del siglo XXI, y gracias a la magia de Jarmusch, uno consiguió vislumbrar de nuevo la época de las Olimpíadas y de la Expo, un tiempo que tiene ya un pie en el estribo de la historia.

Noche en la tierra es un filme de sketchs que parte de una llamativa premisa argumental: se trata de cinco historias que tienen lugar dentro de otros tantos taxis en otros tantos lugares del mundo (Los Ángeles, Nueva York, París, Roma y Helsinki). Con esos materiales, Jarmusch logra sacar un extraordinario partido de su concepción del minimalismo cinematográfico. Tomando elementos tanto del filme de episodios como de su conocida faceta de cortometrajista, el director se convierte en maestro de ceremonias de unos relatos breves llevados por la cotidianidad urbana, el lirismo y el humor. La historia de California enfrenta una elegante Geena Rowlands y a una desaliñada taxista encarnada por Wynona Ryder para trazar una desencantada reflexión sobre el éxito, el cine y las aspiraciones personales. Más abierto a la conflictividad social, el episodio de Nueva York contrapone dos tipos de marginalidad, la del taxista inmigrante y la de su cliente, un habitante del Bronx. Entre la pincelada costumbrista, la reproducción de conversaciones triviales y la atmósfera nocturna, el blues neoyorquino de Jarmusch tiene poco que envidiar a los homenajes a ritmo de jazz que Woody Allen ha tributado a su ciudad. El fragmento parisino se desprende de los clichés turísticos habituales para elaborar una reflexión intimista a partir del diálogo, a veces tenso, entre un conductor africano y una ciega, interpretada por Béatrice Dalle, que ha de llevar esa noche. Frente a la melancolía parisina, el episodio romano es un hilarante monólogo hilvanado por un desmelenadísimo Roberto Benigni —no olvidemos que Jarmusch fue uno de los primeros descubridores del actor italiano, con quien contó para Café y cigarrillos y Bajo el peso de la ley—. La confesión de Benigni ante el sacerdote que acaba de subir en su taxi desembocará en un desenlace tan imprevisto como jocoso. Por último, el capítulo ambientado en Helsinki recoge varios aspectos del cine de Aki Kaurismäki, principal representante de la cinematografía finlandesa, para desgranar un relato triste y emotivo, un auténtico réquiem invernal al que redime un final surcado por ribetes irónicos. Y, todo ello, con la voz de Tom Waits como música de fondo. ¿Alguien da más?

Publicado el viernes, 17 de marzo de 2006, a las 18 horas y 10 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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