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LA FRENTE MARCHITA. Volver, la última apuesta fílmica de nuestro enfant terrible manchego, rezuma almodovarismo en cada fotograma. En apariencia, la película supone una cierta regresión estética con respecto a la búsqueda de madurez que guiaba los últimos títulos del autor: las excelentes Todo sobre mi madre y Hable con ella, así como la fallida La mala educación. Sin embargo, la vuelta a un microcosmos femenino, la lucidez irónica o el regusto kitsch de algunas de sus imágenes no nos devuelven al cineasta transgresor de los ochenta. Almodóvar reproduce ahora las señas de identidad características de su filmografía desde una mirada que ha perdido el gesto de rebeldía social de sus antiguos filmes, pero que ha ganado en elaboración formal y en dosificación de los recursos dramáticos. Así, el humor esperpéntico no tiene aquí la función disolvente de ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, y la galería de retratos femeninos carece de la significación neocostumbrista de Mujeres al borde de un ataque de nervios, pero el espectador difícilmente echará en falta tales ausencias.

Lejos de sus primeras algaradas fílmicas, Volver es, no obstante, el Almodóvar más divertido de los últimos tiempos. La breve presentación del personaje interpretado por Chus Lampreave, las salidas de tono de Blanca Portillo y las impagables apariciones —en sentido literal— de Carmen Maura contribuyen a crear un entorno ficticio que a veces linda con el absurdo de Jardiel Poncela. En sintonía con este marco narrativo, Almodóvar se atreve a dinamitar las fronteras de los géneros cinematográficos con indiscutible desenvoltura. A lo largo de su metraje, Volver transita con naturalidad entre la comedia costumbrista, el drama social, la ghost movie y el cine policíaco. Sin las ataduras genéricas que habitualmente entorpecen los resultados de sus películas, Almodóvar entrega un puro ejercicio de libertad creativa que, aunque sólo fuera por eso, merecería destacarse dentro del adormecido panorama del cine español. Pero es que, además, Volver es una gozosa prueba de la vitalidad artística de un cineasta al que ni siquiera la «movida» logró enterrar. Aunque en su tramo final la película pierde algo de fuerza, el director consigue mantener a flote su discurso e incluso aportar matices relativamente novedosos en su filmografía: el tema de la muerte, desde la coreografía inicial en el cementerio, impregna todo el celuloide. Finalmente, Volver no sería lo que es sin la interpretación de Lola Dueñas y de una Penélope Cruz que, a este lado del charco, rara vez defrauda a sus admiradores ni justifica los argumentos de sus detractores acérrimos. En suma, he aquí una buena oportunidad para reconciliarse con un autor siempre polémico y controvertido, pero que de vez en cuando sabe mostrarse en pantocrátor.

Publicado el viernes, 24 de marzo de 2006, a las 19 horas y 49 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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