LOS CHICOS DEL BARRIO. Siete vírgenes, de Alberto Rodríguez, se inscribe dentro de una vertiente social claramente deudora del cine de Fernando León de Aranoa. De hecho, la influencia de
Barrio en la película que nos ocupa es enorme, a tal punto que en ocasiones
Siete vírgenes parece un
remake andaluz, desvitalizado y un tanto pintoresco del filme de Fernando León. Y como los personajes, los diálogos y la estructura de ambas cintas son casi intercambiables, la película que ahora criticamos incurre también en los mismos errores que caracterizaban al filme original: unos personajes tirando a estereotipados, unas situaciones harto previsibles y un desenlace trágico que oscila entre el absurdo y la moralina, dependiendo de la interpretación de cada espectador.
No obstante, si
Siete vírgenes calca las debilidades de
Barrio, no consigue imitar sus virtudes. En ese sentido, la verosimilitud que consiguen transmitir las imágenes del realizador madrileño sólo encuentra un pálido sucedáneo en las secuencias coloristas de
Siete vírgenes, pese a la artificiosa apariencia de «espontaneidad» que tiñe el celuloide. Y es que Rodríguez, a fuerza de saturar cada fotograma de truculencias gratuitas, termina por anestesiar al espectador y, lo que es peor, por desactivar la necesaria empatía que exige esta clase de relatos. Así, a los veinte minutos, a este cronista le importaba más bien poco lo que le ocurriese al protagonista y a los secundarios. Además, la delectación en la violencia le juega una mala pasada a
Siete vírgenes, que resulta hilarante cuando se aproxima al lenguaje del
thriller (véase la lamentable secuencia que presenta la irrupción de los protagonistas, armados con bates de béisbol, en una cafetería, que parece una parodia involuntaria del
Casino de Scorsese).
Poco se salva de la quema en esta película. Si acaso, la naturalidad de algunos diálogos y la interpretación de Jesús Carroza, que logra eclipsar con asombrosa facilidad a un Juan José Ballesta poco convincente —el premio de interpretación obtenido por este último en la pasada edición del festival de San Sebastián parece, cuando menos, desmesurado—. En definitiva,
Siete vírgenes es la enésima demostración de que el exceso de realismo acaba habitualmente por provocar un efecto de irrealidad. La irrupción de Alberto Rodríguez en el cine más o menos convencional se antoja así una auténtico desperdicio, sobre todo si tenemos en cuenta los buenos augurios que prometía su
opera prima,
El factor Pilgrim (codirigida con Santi Amodeo), un interesante ejercicio de cine independiente a lo Jim Jarmusch. Está visto que existe un auténtico síndrome de Estocolmo llamado «Fernando León» en el último cine español (que se lo pregunten al Amenábar de
Mar adentro). Confiemos en que sus futuros discípulos hereden al menos el rigor expositivo del director de
Princesas.