PLANETA JARMUSCH (1): NICOTINA. El inminente estreno de
Flores rotas, la última película del gran Jim Jarmusch, es una excusa perfecta para asomarnos a la filmografía de uno de los mejores directores estadounidenses contemporáneos. Además, el estreno de su nuevo filme coincide con la edición en DVD de
Café y cigarrillos, a la que vamos a dedicar las letras que siguen.
Conviene aclarar que
Café y cigarrillos no es una película unitaria, sino la agregación de una docena de cortometrajes que Jarmusch filmó durante casi veinte años rodeado de un equipo de buenos amigos. De ahí el tono festivo, lúdico, en apariencia intrascendente, que desprende todo el celuloide. Su envoltorio externo autoriza a interpretar
Café y cigarrillos como un divertido desfile de actores y músicos, un tratado sobre el arte del «cameo» cinematográfico que entronca con aquellas viñetas donde solía aparecer el inefable Wally. Tom Waits, Iggy Pop, Bill Murray, los vocalistas de The White Stripes, Roberto Benigni, Cate Blanchett o Steve Coogan son sólo algunos de los invitados a la fiesta donde Jarmusch ejerce de maestro de ceremonias. Sin embargo, más allá de la procesión de nombres y rostros familiares,
Café y cigarrillos funciona también como un auténtico manifiesto estético. No en vano, las diferentes historias, rodadas en un impecable blanco y negro y ambientadas en distintas cafeterías neoyorquinas, constituyen una defensa explícita del minimalismo cinematográfico. Pocos realizadores son capaces de hacer de la necesidad virtud y sacar semejante partido de la parquedad de medios expresivos a su alcance. Jarmusch es sin duda uno de ellos.
Café y cigarrillos se compone únicamente de retazos de diálogos cotidianos, que en ocasiones se despeñan por el humor del absurdo (el capítulo protagonizado por Benigni, el duelo interpretativo Tom Waits / Iggy Pop o el magnífico episodio que recoge la conversación entre Steve Coogan y Alfred Molina) y en otras se tiñen de una indefinida melancolía, aunque no exenta de comicidad (la historia de las primas Blanchett).
Como suele suceder con todos los proyectos de este cariz, el conjunto se revela algo irregular, pues no todos los relatos tienen el mismo interés ni consiguen que el espectador los siga con similar atención. No obstante, resulta admirable la facultad de Jarmusch para que su cinta mantenga cierta homogeneidad estilística y tonal a lo largo de su metraje. Además, pese a la importancia de los diálogos, a la dosificación de los recursos dramáticos y al mínimo escenario de las historias, la palabra no llega a imponerse de forma avasalladora sobre la imagen. No nos hallamos, pues, ante otra muestra de teatro filmado, sino ante un ejemplo de cine en estado puro. Una última advertencia: las autoridades cinematográficas recuerdan que la obra de Jarmusch influye seriamente en las preferencias estéticas del espectador.