CUERNOS. No me gusta ser infiel (y, si me gustara, jamás lo reconocería). Desde que vamos al cole «de los niños grandes» me pilla de paso una frutería a la que nunca he querido entrar, para no liarme, es decir, para no ponerle los cuernos a mi frutero, un tío que me cae bien y que me cuida. Pero ayer no pude resistirme: mi frutero no vende nícalos (los de
la receta del otro día me los había comprado mi hermana, en otro sitio). En fin, debo confesar que entré, y que no sólo compré setas. Volví a casa cargado y con remordimientos, casi arrepentido.