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EN OCASIONES VEO ACCIDENTES. Propios y ajenos. He muerto electrocutado, despeñado, en accidente de coche, de autobús, me he roto piernas, brazos, me he sacado ojos, arrancado dedos. He visto agresiones, decapitaciones accidentales, atropellos, accidentes múltiples, andamios caer, depósitos de gas explotar, autobuses perder el control.
Son anticipos catastrofistas a situaciones cotidianas. Subo en el autobús, y en cada trayecto pasan miles de cosas, y también no pasan nunca.
No sé muy bien si esto es normal o no, o si debería preocuparme. No interfieren, no dejo de salir a la calle cada día. Los accidentes ocurren en cualquier momento y en cualquier lugar, así que es igual lo que haga, y no dejo de hacer mi vida. Y suceden siempre de formas bastante complicadas y a veces hasta artísticas.
Cada vez que salgo de la ducha muero por resbalarme y machacarme la sien, pero no de una forma cualquiera. Resbalo y quedo ensartado en lo que sea, un grifo, un toallero, el sujetarrollos del papel higiénico, siempre con un golpe seco y que nadie escucha, siempre viéndolo venir y sabiendo que es inevitable, y siempre en algún objeto brillante, de acero inoxidable, y dejando una bella mancha de sangre en el suelo. Por poner un ejemplo.
Supongo que mis imaginaciones fatales son tan cercanas a la estética manga o a la falsedad de Dario Argento, porque mi realidad se acerca más bien al coscorrón de Mr. Bean, a la calvotada de Benny Hill o al tropezón de Fernando Esteso.
Publicado el viernes, 3 de febrero de 2006, a las 23 horas y 22 minutos
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