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MADRE CORAJE. Heroína, el último largometraje de Gerardo Herrero, es un claro ejemplo de «película de guionista». De hecho, a lo largo del filme se advierten las principales claves de la escritura cinematográfica de Ángeles González Sinde, ya sea al servicio del propio Herrero (Las razones de mis amigos, basada en una excelente novela de Belén Gopegui) o de otros directores (La buena estrella, de Ricardo Franco). Esta mirada también se observa en la única incursión que la autora ha realizado tras las cámaras (La suerte dormida, protagonizada ya por Adriana Ozores). González Sinde es, pues, una magnífica guionista que suele abordar temas de actualidad social evitando caer en el dogmatismo bienintencionado y en las estridencias de que tanto gusta la prensa amarilla. Esta voluntad se advierte a lo largo del metraje de Heroína y se convierte en la mejor aliada de un filme que, sin embargo, a la postre se revela un tanto convencional y bastante alicorto.

Es difícil saber dónde reside el problema de la película: si en el desarrollo previsible de un argumento demasiado manido, en la perspectiva adoptada o en la débil subtrama policíaca, que mengua verosimilitud a un relato «basado en hechos reales». Esta película está narrada desde la perspectiva de un testigo externo, aunque implicado directamente en el caso (la madre del protagonista), frente a lo que sucede en casi todas las buenas películas sobre el tema de la drogadicción —desde la magnífica Drugstore Cowboy, de Gus Van Sant, a la muy digna 27 horas, de Montxo Armendáriz—, relatadas desde la óptica de las víctimas. Éste es el riesgo principal que asume Heroína: contar al mismo tiempo la evolución psicológica de la protagonista y la evolución moral de una sociedad que, en la época en que se ambienta el filme (los últimos años ochenta), no estaba dispuesta a admitir la gravedad de un conflicto de enormes proporciones. Sin embargo, a comienzos de la década del dos mil, la reivindicación que esgrime Heroína, con su defensa explícita de que los toxicómanos han de ser tratados como enfermos, se antoja, si no anacrónica, al menos obvia. Nadie niega hoy la importancia social del tema tratado ni intenta atenuar la responsabilidad de los «narcos» en el incremento de la drogadicción.

Por lo tanto, ¿cuál es el propósito de Heroína? ¿Se trata acaso de un filme sobre la historia de la España reciente? ¿De un retrato policíaco-costumbrista, con «macarras» de opereta, escenario gallego y áspera emotividad? ¿De una indagación psicológica en las consecuencias de la drogadicción en el núcleo familiar? ¿O más bien de un esforzado ejercicio de «autoayuda y superación», con Adriana Ozores interpretando a una Erin Brockovich más convincente que la encarnada por Julia Roberts? Probablemente Heroína quisiera tener algo de todos estos ingredientes, pero no acaba de decidirse por ninguno de ellos, como si la ambigüedad del personaje principal (el único hecho de carne y hueso) se proyectase sobre el celuloide. Y es ese carácter híbrido lo que al final hace que la apuesta de Herrero / González Sinde no se distinga sustancialmente de la de cualquier telefilme de sobremesa sobre la materia. En fin. Otra vez será.

Publicado el miércoles, 11 de mayo de 2005, a las 18 horas y 21 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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