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DARTH VADER HA MUERTO. VIVA DARTH VADER. Lo mejor que se puede decir de La venganza de los Sith, el episodio que cierra la peculiar saga galáctica de George Lucas, es que supone un epílogo más que digno de la famosísima serie cinematográfica. Quienes se apresuraron a proclamar que el cielo se desplomaba ante las primeras entregas de la nueva trilogía —la infantil La amenaza fantasma y la titubeante El ataque de los clones— olvidaban acaso las propias intenciones del «gurú» Lucas, quien afirmaba que pretendía alcanzar un crescendo dramático a través de una intensificación de la negrura y la oscuridad en cada uno de los nuevos capítulos. Y, en efecto, aunque La venganza de los Sith no redime los defectos de sus predecesoras inmediatas, sí consigue esquivarlos gracias a un mayor equilibrio entre las largas disquisiciones seudofilosóficas y los imperativos de la acción. En este sentido, La venganza de los Sith logra retomar en parte el espíritu de serie B que animaba a la primera trilogía, por lo que el acartonamiento de los personajes ya no importa tanto como el hipnótico tratamiento de las imágenes o la deslumbrante belleza de sus paisajes estelares.

Sin embargo, George Lucas no es un artesano de la serie B al estilo de John Carpenter, sino un auténtico magnate del cine. Por ello, tiene que satisfacer tanto las leyes del mercado como las expectativas de sus fans. A causa de estas presiones, La venganza de los Sith prolonga algunas tramas anteriores que amenazan con lastrar la función. Así, la historia de amor entre Annakin Skywalker y la princesa Amidala sigue siendo demasiado prolija para un filme de estas características. Lo mismo se puede decir de las abundantes reflexiones de Yoda, menos atinado aquí que en otras ocasiones, o de los turbios manejos de Palpatine, que llegan a provocar cierto hastío. Junto a estas alusiones, Lucas también juega la baza de la nostalgia, tal como pone de relieve la aparición de los simpáticos robots C3PO y R2D2 o del mismísmo Chewbacca.

No obstante, según hemos dicho, La venganza de los Sith debe juzgarse, sobre todo, como una excelente película de acción. Y, desde esta perspectiva, debemos resaltar varios ingredientes que contribuyen a perfilar su aspecto visual. Por un lado, cabe señalar los numerosos homenajes intertextuales que hallamos en este episodio, desde los filmes de aviación de los años cincuenta hasta Salvar al soldado Ryan, desde Apocalypse Now hasta Frankenstein. Además, la referencia explícita a esta última establece un irónico paralelismo entre el monstruo imaginado por Mary Shelley y el propio Darth Vader, una criatura tan romántica como su antecesora. Por otro lado, la calidad plástica de la película se nutre de materiales pictóricos. Así se observa en la secuencia del entierro de la princesa Amidala, que calca la Ofelia prerrafaelita de Millais, o en la escena final, que convoca el cromatismo del Ángelus de Millet. Aunque estos recursos no son novedosos en la saga —véanse las constantes alusiones al western en la primera trilogía y el remedo de la carrera de cuádrigas de Ben Hur en La amenaza fantasma—, Lucas sabe ahora interiorizarlos con naturalidad dentro de su discurso, lo que no siempre le había salido tan bien en capítulos anteriores.

Por último, no quisiéramos terminar esta crónica sin destacar la ambigüedad moral del filme, que le confiere cierto encanto. De hecho, aunque el discurso contrapone la ética solidaria de los «jedis» al imperialismo individualista del Lado Oscuro, las imágenes hacen que las simpatías de cualquier espectador se inclinen a favor de este último. No en vano, la candidez del Obi Wan interpretado por Ewan Mc Gregor se sitúa en los antípodas de la aureola mítica de Darth Vader. La atracción por el mal es evidente incluso cuando el realizador muestra los efectos perniciosos del Lado Oscuro, como la liquidación de los diversos «maestros jedis» mediante un montaje que remite a Casino, de Scorsese. Al mismo tiempo, el director pasa de puntillas por los aspectos más violentos, como el asesinato de los niños aspirantes a «jedis», situado elegantemente fuera de plano. Todos estos elementos, en suma, convierten a La venganza de los Sith en un espectáculo más original de lo que cabría esperar y, sin duda, en la mejor entrega de la nueva trilogía. Algunos nostálgicos echamos de menos a Han Solo y a la Princesa Leia. Pero siempre nos quedará Darth Vader, mon semblable, mon frère.

Publicado el lunes, 23 de mayo de 2005, a las 21 horas y 07 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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