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DORA (IV). -¿Os apetece un café?
-¡No! ¡no!- Contestamos nerviosos y un poco atolondrados.
-Tranquilos-dijo Dora mientras sonreía simulando sorpresa
-Sólo es un café.
-Bueno vale, un café.
Tras la butaca había una pequeña cocina americana. Con cada paso que daba, una cadera y luego otra salían despedidas hacia los lados y era milagroso que las paredes de la caravana no estuviesen llenas de abolladuras. Dora, acostumbrada a los espacios pequeños, se movía con gracia pero nosotros sentíamos como la tela de la bata rozaba la punta de nuestras narices por un lado y su culo por el otro.
-¿Cómo lo queréis?
-Yo con leche-dijo M.
-¿Y tú?-volvió a preguntar sin volverse.
-Cortado-contesté yo. A fin de cuentas estaba hablando con un culo.
Por la mañana temprano -es decir cuando uno se levanta-el café en una cafetería no huele a cama, ni a sueño, ni a secretos de alcoba. Como mucho huele a camarero mal duchado, a prisa por ir a trabajar o a masajes after-shave "para hombres de hoy".Luego está esa nube densa en la que van envueltas algunas mujeres y que no se sabe si es el perfume, la crema hidratante, la antiarrugas, el maquillaje, el fijador o todo junto.
El café que estaba preparando Dora olía cada vez mejor.
De algún rincón salió un gato siamés gordo y deformado. Subió lentamente a la mesita rinconera que teníamos a nuestra izquierda y allí se quedó mirándonos sin pestañear. Arrogante y agresivo, en su mirada podía adivinarse la seguridad de quien ya ha meado el territorio. Tan desagradable y tan mimado como un niño con catorce tías.
Publicado el jueves, 1 de febrero de 2007, a las 2 horas y 08 minutos
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DORA (V). Le presenté a M. como el fotógrafo del periódico. M. sabía tanto de fotografía como de pilotar hidroaviones, y me presenté yo. No repetiré la sarta de mentiras que adornaron el momento. El caso es que colaron y si no colaron importaba poco. Eso estaba claro porque Dora conocía el valor de una buena mentira. Con la franqueza y con la verdad no sabes a qué atenerte. No se puede saber que tortuoso engaño esconde alguien que va por la vida abriendo las palmas de las manos hacia el cielo con la verdad por delante, pero puedes jurar que te la está metiendo doblada porque él mismo es el primero que se lo cree."True Believer" o el síndrome del predicador. Dora había aprendido a no desconfiar de las mentiras:
Johnny: Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.
Vienna: Te he esperado todos estos años.
Johnny: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto.
Vienna: Habría muerto si tú no hubieses vuelto.
Johnny: Dime que aún me quieres como yo te quiero.
Vienna: Aún te quiero como tú me quieres.
Johnny: Gracias. Muchas gracias.
-¿Cuál es su nombre? No el artístico sino el de pila, quiero decir.
-Adoración Martínez, cariño-no mentía- pero trátame de tú que hay confianza.
A partir de ahí no me dejó hacer una pregunta más.
No podíamos apartar la vista del gato y él nos miraba tenso como si hubiera reconocido enemigos naturales. Es evidente que esperaba una reacción violenta e inmediata por nuestra parte, así que allí estábamos los dos unidos al animal por un campo de fuerza que ninguno sabía cómo romper.
Dora hablaba y hablaba recostada en aquella butaca oscurecida por el paso del tiempo y la caída del sol a través de las exiguas ventanas de su caravana; unos ventanucos que trataban desesperadamente de parecerse a ventanas de verdad, ahogadas a cada lado por primorosas cortinas rematadas en volantes que ondulaban tulipanes amarillos.
Publicado el sábado, 3 de febrero de 2007, a las 1 horas y 16 minutos
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DORA (VI). Dora es ese tipo de persona que en los cinco primeros minutos de conversación te ha contado su vida entera, desde que tiene memoria hasta los treinta, que fue cuando paró de contar los años, con todos los pelos y señales de miseria imaginables y sin dejar de sonreír.
Podía escribir con ambas manos, una de las pocas cosas que le distinguían de pequeña. En la pista central del circo, de pie sobre los caballos, hacía bailar platos con varillas de madera y vestía aquellos corsés cuya talla aumentaba de año en año.
Nunca pensó que siendo ambidiestra tuviera que acabar ganándose la vida haciendo pajas a pares por seis mil pelas en vez de hacerlas sólo a tres mil con la mano buena. Pluriempleo e iniciativa propia. Nada tenía que ver esto con el circo pero como ella decía "los caminos del arte son insospechados".
Hasta que se compró la "Ruló", con el dinero que le dejó un antiguo cliente alemán, su casa fue siempre un carromato de madera policromada que había aguantado los chaparrones bajo innumerables capas de pintura. En aquella época el único detalle anacrónico, por fuera, eran los cuatro neumáticos de camioneta con amortiguación de ballesta sobre los que descansaba y por dentro un televisor en blanco y negro con antenas.
Compartía vecindad, sobre el barro y los charcos, con jaulas de leones comidos por la tiña, desdentados y con la piel sembrada de calvas rosáceas, monos aulladores, avestruces, tigres ciegos y algún elefante que aún no se había vuelto loco. Yo siempre sentí una mezcla de angustia y fascinación por aquel mundo que olía a cacahuetes rancios, poblado de etéreas bailarinas haciendo equilibrios sobre caballos blancos en la pista del circo y luego toda la familia despeinada pelando patatas alrededor de un barreño de plástico azul, al pie de los carromatos.
Publicado el lunes, 5 de febrero de 2007, a las 22 horas y 18 minutos
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DORA (VII). Su pelo, inflado como un globo en una época en que todas eran rubias de bote, destacaba como una farola en el bosque, pero nunca pareció tan natural como el rubio de Taluchi; una mujerona que conocí también por aquellos años en cuyo cuerpo estallaban todos los productos que se podían comprar en su droguería. Taluchi era el mejor escaparate, el mejor reclamo para la clientela, un árbol de navidad en una noche de verano. Las pocas veces que entré en su tienda salí mareado, no sé si por el vapor de sus perfumes o por los collares de perlas que le desaparecían por el canalillo. Pero otro día hablaré de ella.
El pelo de Dora era rubio natural, pero no lo parecía. Como tantas otras cosas que ella era y tantas otras cosas que ella no era y sin embargo parecía.
Seguía con su historia. En el momento de mayor éxito se casó con el payaso del circo, que es con quien se casan las bailarinas cuando creen que viven dentro de un folletín, y el payaso, claro está, fracasó.
El hombre era una de las figuras principales del cartel y la fortuna como artista no le era desconocida, pero salir de la iglesia con los últimos toques de la marcha nupcial y perder la gracia fue todo uno. La sonrisa bobalicona que exhibía bajo los focos y que tanto les gustaba a los niños salió volando de la pista como un pájaro ciego. Abandonó su cara policromada y se instaló en su cara doméstica, su cara real, la de todos los días por la mañana.
A partir de ahí cayó en picado. Error de cálculo, falta de previsión, incapacidad para anticiparse, es decir, la idiotez en general le había impedido ver que la felicidad a bordo del carromato no iba a compensar el fracaso profesional.
Empezó jugar y a beber, que es lo que hace todo payaso sin gracia que cree que vive dentro de un folletín. No le daba tiempo a recuperarse y cierto día en mitad de la función matinal, harto de los abucheos, se y irguió buscando la dignidad que le negaba el atuendo, sacó la polla del interior de unos holgados pantalones rojos y vocalizando lo mejor que pudo mientras combatía la resaca ,les gritó a los niños:
-¡Me la vais a chupar todos de uno en uno, cacho cabrones!
-¡Vosotros y la puta madre que os cagó!
Los niños se desternillaban de risa porque no entendían nada de lo que estaba sucediendo, pero él perdió el empleo.
Publicado el miércoles, 7 de febrero de 2007, a las 22 horas y 06 minutos
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DORA (VIII). EL PAYASO
El pobre diablo no podía hacer otra cosa, así que continuó con el turismo alcohólico. A partir de entonces las únicas pistas que conoció fueron las plazas de los pueblos que visitaba el circo.
A las cuatro de la madrugada, cuando renqueaba sujetando el hígado con el codo, se dedicaba a ejecutar su número para bancos y farolas que permanecían durante toda la representación en un obstinado silencio.
Noche tras noche llegaba tropezando a la feria guiado por el olor de las bestias entre ruidos de cacharros y golpes en las rodillas.
Un 28 de diciembre salió a coger una curda del catorce como tantas otras noches, pero algo debió ver que le hizo cambiar de opinión y volvió luciendo un traje nuevo a cuadros, aseado, peinado y oliendo tan fino como el caniche de una Madame.
Cuando subía los cuatro peldaños de la escalera notó que el carromato se movía levemente sobre la suspensión de ballesta. Cambió de mano el ramo de flores que llevaba, se limpió los zapatos en un felpudo que decía Wellcome y abrió la puerta de golpe.
Dora estaba a cuatro patas sobre la butaca roja con un domador pegado al culo. Los tres quedaron petrificados excepto el gato, que dijo "miau". Cuando le vio con el culo tenso ,agarrado al tutú de ella ,con los leotardos por los tobillos y la piel de tigre arremangada por la cintura, comprendió que la cosa había alcanzado unos niveles de complejidad fetichista que hacían imposible la vuelta atrás.
Entonces también la perdió a ella o, más bien, así se deshizo ella de él.
Llegó un momento en que contaba con pocos amigos que pudieran aguantarle toda la noche pringando el moco entre copa y copa, pero todos sus conocidos se prestaban a consolarlo, quizá porque no hay nada mejor para mitigar las desgracias propias que las desgracias ajenas.
-El que pierde una mujer no sabe lo que gana-le decían, pero él no podía olvidar lo que había visto: los pelos del culo de Salvatore, el domador, tan rizados como su bigote; y lo que no había visto: la polla clavada hasta la ingle en el culo de Dora, mientras ambos le miraban a él plantado en la puerta, haciendo esfuerzos para sujetar aquel ramo de margaritas que había robado en un parque. En ese momento estaba tan débil, tan vulnerable, que si llegan a caérsele de las manos le hubieran roto un pie.
La gracia en la pista tampoco volvió a pesar de los recientes golpes de infortunio sentimental.
-Olvídala hombre- insistían.
-Claro ,claro -contestaba intentando parecer convincente, pero sin hacer el más mínimo esfuerzo por salir de su letargo. Dora no había sido para él como las otras. Además-pensaba- hay mujeres y mujeres, pero un payaso siempre será un payaso.
Publicado el martes, 13 de febrero de 2007, a las 22 horas y 05 minutos
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