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SUSPIRIA. Empecé a descubrir a Darío Argento casi por casualidad. Los ochenta hicieron mucho daño, y entre otras cosas, tuvieron la virtud de fagocitar a muchos de sus hijos más insignes. Sobre todo a los que les tocó en gracia destacar en el exceso exagerado de finales de los setenta y principios de los ochenta.
El caso es que Darío Argento estaba ahi, y se le quemó como se quemó una pila de vinilos de música disco en el estadio de los Yankees, y se le enterró, acusándole de hortera, vacío, repetitivo, fútil, y demás adjetivos que entroncan con los productos de rápido consumo y sin ningún interés más allá del usar y tirar.
Probablemente muchos de los adjetivos que le dedicaron y que yo he repetido, de forma aproximada y bastante apócrifa, eran ciertos. Sobre todo el de hortera. Ahora mismo estoy volviendo a ver Suspiria, y no puedo evitar alucinar con las imágenes que veo en la pantalla. Asesinatos increíbles, totalmente irreales, que tienen como único objetivo dejar una escena final lo más bella posible. Esteta, lo llamaría alguno cuando intentaba enterrarlo bien hondo.
Huye de lo real para dibujar con colores tan cargados que serían capaces de irritar a un daltónico. Esa sangre no hay quien se la crea, pero es que de eso se trata. Y la música. La música, casi tan increible como las películas, también obra suya, también excesiva, hortera, vacía, repetitiva.
Y aquí estoy yo, hortera, vacío, repetitivo, fútil, de rápido consumo, disfrutando de la compañía de Darío, de todos los detalles, de todos los colores, de los papeles pintados, los peinados, la música, la sangre de plástico, las historias irreales.
Y recomendándolo. Encarecidamente.
Publicado el jueves, 23 de marzo de 2006, a las 2 horas y 16 minutos
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