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BERLÍN SIN ALAS. Uno siempre ha desconfiado del marbete de cine poético, acaso porque piensa que hay más poesía en un solo plano de Sergio Leone que en todo el celuloide de Eliseo Subiela. El cine, dice Perogrullo, es cosa de imágenes y no de palabras (aunque hay palabras que valen más que cien imágenes). Así que cargar la materia visual de una película con monsergas líricas más o menos profundas siempre me ha parecido un error de perspectiva. Según la opinión de este cronista, las secuencias deben hablar por sí solas, a poder ser sin voz en off y sin artificios excesivos. Y si, además, alguna escena consigue emocionarnos, miel sobre hojuelas.
Pues bien, esto es lo que uno pensaba con convicción y fe de carbonero hasta que se cruzó en su camino Cielo sobre Berlín, un filme del alemán Wim Wenders rodado en 1987 y que hasta ahora no había tenido ocasión de ver. Betaville se coló en una de esas sesiones matinales universitarias a las que asisten estudiantes legañosos, intelectuales con perilla y algún que otro despistado que pasaba por allí. El que suscribe, perteneciente al último grupo, se acomodó en una silla que hacía las veces de potro de tortura, en el rincón más oscuro de una sala de proyección tirando a lúgubre donde acaso ruedan las snuff movies que, desde Tesis, ha de producir toda universidad que se precie. No eran éstas, pues, las mejores condiciones para enfrentarse a una película de dos horas largas, filmada en blanco y negro durante la mayor parte de su metraje, hablada a partes iguales en tres idiomas (alemán, inglés y francés) y que, para colmo, se presentaba como paradigma del «cine poético» de los años ochenta. Y, sin embargo, Cielo sobre Berlín le entusiasmó a este cronista.
Resulta difícil describir las virtudes del filme-río escrito por Peter Handke y servido en la pantalla por Wenders. Aunque en Cielo sobre Berlín proliferan los artificios narrativos y visuales de todo tipo, su utilización es modélica. Por ejemplo, el juego de texturas entre blanco y negro / color depende del punto de vista del personaje que contemple la acción, según sea el ángel interpretado por Bruno Ganz o la trapecista encarnada por Solveig Dommartin quien protagonice la secuencia. Por otra parte, la voz en off no se limita aquí, como sucede a menudo, a ilustrar las imágenes, sino que es el vehículo escogido para transmitir tanto los monólogos internos de los personajes como una letanía hipnótica que va desgranando los motivos principales del relato. Finalmente, el juego entre realidad y ficción, que ejemplifica el personaje de Peter Falk, se resuelve con un curioso apunte irónico: Falk, que se interpreta a sí mismo (el famoso Colombo es invitado a participar en el rodaje de una película sobre la II Guerra Mundial en Berlín), acaba siendo otro de los ángeles que velan por las almas de la ciudad. En suma, en Cielo sobre Berlín se congregan todos los motivos habituales del cine de Wenders desde mediados de los ochenta —reflexión metagenérica, juego con distintas texturas, recurrencia a un imaginario propio de la serie b—. No obstante, el vuelo del filme no se ve cortado ni por el excesivo afán teórico que lastra algunos de sus experimentos (El final de la violencia), ni por la servidumbre a intereses culturales que rebasan las aspiraciones del filme (Lisbon Story), ni por una excesiva voluntad de modernez (la, pese a todo, interesante El hotel del millón de dólares). En cambio, las constantes estéticas del director alemán se encuentran resumidas en una película tan extraña como fascinante. Al final uno no sabe si quedarse con la rara atmósfera onírica que impregna las imágenes o con el excelente retrato de un Berlín inhóspito y hermoso, sólo dos años antes de la caída del muro.
Publicado el lunes, 7 de marzo de 2005, a las 16 horas y 19 minutos
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