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PARADOJAS DEL CINE SOCIAL (3). Para el espectador acostumbrado a bucear en las cinematografías de otras latitudes, el cine iraní presenta unas características bien definidas, según el perfil de escuela instituido por Abbas Kiarostami a finales de los años ochenta. Se trata de películas donde la escasez de medios se convierte, paradójicamente, en la mejor aliada de la ficción. Por una parte, los cineastas iraníes cultivan una suerte de neorrealismo de limpia belleza plástica, según el modelo de lo que Fernández Santos denominaba «cine de tiralíneas». Por otra, suelen ofrecer una cartografía social mediante parábolas de inusitado lirismo, cuya finalidad política a veces resulta difícil de asimilar por el espectador occidental. De este modo, abundan las cintas que escogen la perspectiva de un niño —¿Dónde está la casa de mi amigo?, de Abbas Kiarostami; El globo blanco, de Jafar Panahi, o Children of Heaven, de Majid Majidi— para trazar una soterrada denuncia moral. A mediados de los años noventa, la recurrencia a un tipo de construcción semejante derivó en un estereotipo fácil de caricaturizar: un niño extravía algún objeto (un cuaderno en ¿Dónde está la casa de mi amigo?; un globo el El globo blanco) y se dedica a buscarlo a lo largo del filme, lo que le sirve al director de pretexto para ofrecer un retrato fidedigno de todos los estratos de la sociedad circundante. Tanto es así que un amigo de este cronista comentaba que bastaría con una oficina de objetos perdidos para suprimir la industria cinematográfica de dicha nación.

Con estos antecedentes se explica la sorpresa que supone el tercer filme de Bahman Ghobadi, Las tortugas también vuelan, que abandona toda tentación retórica para centrarse en un acontecimiento político inmediato: la invasión de Irak por parte de Estados Unidos. Aunque la película está contada desde la óptica de unos adolescentes kurdos, que se dedican a revender minas a la ONU, nos hallamos muy lejos de la pureza plástica y del cripticismo ideológico de los grandes realizadores iraníes. De hecho, pocas veces el panorama contemporáneo se había expuesto con tanta crudeza como ahora. Las tortugas también vuelan podría verse como una proyección «en negativo» de los documentales de Michael Moore, ya que en este caso el foco de atención se desplaza hacia las víctimas iraquíes (y anónimas) de la tragedia. Una vez planteadas estas premisas, resulta difícil permanecer impasible ante el carrusel de niños mutilados y el clima de explotación que despliega la película. También en este sentido se localizan los principales defectos de la propuesta de Ghobadi. El director no se limita a levantar acta de la cotidianidad de sus protagonistas, unidos por una tenue anécdota argumental, sino que al mismo tiempo inventa una subtrama que contribuye a aumentar el acento tremendista. Así, lo que era una aproximación de cariz objetivo a una situación acaso coyuntural, pero de indudable interés ideológico, adquiere un espesor dramático que no siempre logra evitar los excesos del sentimentalismo. Mientras que la primera parte del filme presenta el emotivo retrato de un dispar microcosmos juvenil, que a veces recuerda a Los cachorros—no en vano, Vargas Llosa era el presidente del jurado que distinguió a esta película con la Concha de Oro del Festival de San Sebastián—, la segunda intensifica sus tintes expresionistas, hasta desembocar en una sucesión de muertes y desgracias que corre el peligro de anestesiar al espectador. En suma, nos hallamos ante un filme estimable, pero al que se le pueden aplicar las mismas críticas que a todas las ficciones de cuño naturalista: a veces, el exceso de realidad es el peor enemigo del realismo.

Publicado el lunes, 21 de marzo de 2005, a las 16 horas y 18 minutos

Ilustración de Toño Benavides
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