|
|
PARADOJAS DEL CINE SOCIAL (2). Hace ya más de un lustro que el danés Lars Von Trier sacó de la polvorienta chistera del cine europeo contemporáneo la etiqueta «Dogma», con su correspondiente decálogo de ascesis fílmica. Von Trier es el perfecto ejemplo del genio posmoderno, cuyas películas oscilan entre el revisionismo kitsch y el gesto provocador del enfant terrible que no se resigna a habitar dentro de la piel del adulto. Hoy parece evidente que todo el revuelo organizado en torno al cine Dogma no era más que un calculado procedimiento de marketing para exportar la maltrecha cinematografía danesa a los confines del planeta. Y la estrategia funcionó a las mil maravillas. Sin embargo, algo bueno tuvo tanto fuego de artificio: la divulgación de unos cuantos cineastas que, más allá de las ataduras estéticas del citado decálogo, eran capaces de imprimir a sus películas un sello personal y una voz bien modulada.
Una de las últimas incorporaciones a la escuela Dogma fue la de la realizadora Susanne Bier, que en su opera prima, Te quiero para siempre, firmó un interesante melodrama que combinaba el despojamiento formal con un argumento que no desdeñaba cierto sentimentalismo almodovariano. Su nueva película, Hermanos, liberada ya de todos los tics de su predecesora, incide en una propuesta ética y estética que guarda numerosos paralelismos con Te quiero para siempre. Como ocurría en aquélla, Hermanos exige del espectador un cierto grado de voluntarismo para entrar en el juego que proponen las imágenes. En efecto, toda la parte que transcurre en Afganistán, y que podría haber sido elidida (contada, pero no vista), desprende un tufillo a cartón-piedra poco convincente, como si los émulos de Bin Laden que aparecen en el filme fueran los extras de un spaghetti western rodado en Almería. No obstante, la parte de la película ambientada en Dinamarca aumenta considerablemente el atractivo del conjunto. Aquí, el celuloide se orienta hacia una peculiar relectura del mito bíblico de Caín mediante una tonalidad narrativa no muy distinta a la del unamuniano Abel Sánchez. En este caso, el vértice del peculiar triángulo es la espléndida Connie Nielsen (premiada en el festival de San Sebastián), casada con un militar secuestrado en Afganistán, que poco a poco descubre en el hermano de éste a un «rebelde sin causa» más responsable de lo que parecía en principio. No obstante, esta inversión de roles narrativos, explícita desde el regreso del marido de la protagonista tras su cautiverio, no se resuelve en un fácil maniqueísmo, sino que deja flotando en la pantalla un conseguido clima de ambigüedad moral. Así, lejos de mostrar el retrato de una psicopatología, hacia el que en ocasiones parece que va a despeñarse la película, Susanne Bier sabe llevar a sus personajes al límite de la tensión psicológica para luego devolver las aguas a su cauce inicial. El juego de sutiles paralelismos entre los personajes y el análisis de pasiones dormidas constituyen los principales alicientes de un filme ciertamente irregular, pero que bien merece una mirada sin anteojeras dogmáticas.
Publicado el jueves, 17 de marzo de 2005, a las 19 horas y 57 minutos
|