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UN BUEN BOUQUET. He de confesar que tenía ciertas reticencias antes de ver Entre copas, por lo que había ido dilatando poco a poco el momento de entrar en la sala. Supongo que en esa demora, en buena medida inconsciente, influía el mal recuerdo que guardaba de las anterior película de Alexander Payne: Sobre Schmidt, una mortecina road movie disfrazada de comedia que invitaba antes a la depresión que a la carcajada, y a la que sólo redimía la esforzada interpretación de Jack Nicholson. Por eso, Entre copas le ha parecido a este cronista una agradable sorpresa. Aunque también utiliza el soporte genérico de la road movie, el filme es bastante rico en registros. En él convergen la comedia intelectual a lo Woody Allen, el melodrama romántico y hasta el drama irónico sobre escritor frustrado (en la línea de Jóvenes prodigiosos, de Curtis Hanson). Además, Payne sabe conferirle a las imágenes una textura visual con aires de revival setentero utilizando recursos deliberadamente pasados de moda o de regusto kitsch, como los frecuentes zooms y el empleo de la pantalla partida o split screen, que intenta evitar la monotonía al mostrar diversas acciones paralelas.
Sin embargo, el principal mérito de Entre copas no hay que buscarlo en el virtuosismo de la realización, sino en un guión muy bien medido y en la excelente dirección de actores. Payne sabe extraer un indudable juego de la «extraña pareja» de amigos que protagoniza la película: Miles, un profesor con aspiraciones literarias y tendencias depresivas que acaba de divorciarse (Paul Giamatti), y Jack, un actor «vivales» que quiere desmadrarse antes de contraer matrimonio (Thomas Haden Church). Ambos emprenden un viaje crepuscular a lo largo del cual conocerán a Maya (Virginia Madsen) y Stephanie (Sandra Oh), dos especialistas en el arte de la enología con las que compartirán vinos y algo más. Con tan escasos materiales argumentales, Payne se desenvuelve muy bien en la reproducción de diálogos y en la recreación de situaciones triviales. De hecho, la película invita antes a la sonrisa que a la carcajada, aunque el director introduzca algunos gags ciertamente divertidos, como la recuperación de la cartera que Jack ha dejado olvidada en casa de una de sus ocasionales amantes o la simulación de un accidente de coche para evitar las sospechas de su prometida. Asimismo, cabe destacar el buen uso de las elipsis que hace el realizador, sobre todo en el desenlace, que salva la tentación del happy end catártico.
Con todo, en la cuenta del «debe» se pueden apuntar al menos un par de aspectos. Por un lado, la excesiva duración de la película, de la que se resiente en especial la primera parte del metraje. ¿De veras era imprescindible mostrar todo el rosario de catas de vinos que realizan los personajes en su peculiar vía crucis? Además de potenciar la sed del espectador, ignoro por qué una película que podría sintetizarse perfectamente en hora y media se extiende hasta dos horas y diez minutos. Por otro lado, a veces da la sensación de que Payne no siempre mantiene el tono adecuado. En ocasiones se contiene demasiado y desaprovecha el efecto humorístico y, en otras, se precipita hacia el chiste fácil (el «ataque» de Miles en la enoteca hortera). Por fortuna, casi todo el filme logra situarse en un terreno intermedio donde concurren un tenue humorismo y un trasfondo amargo, como ocurría en Los Tenembaums, de Wes Anderson, acaso, junto con Payne, el mejor director de comedias surgido en Hollywood durante los últimos años. En definitiva, tal vez Entre copas no sea un Caballo Blanco del 61, pero desde luego no es un Merlot. Basta con paladear poco a poco el celuloide.
Publicado el miércoles, 30 de marzo de 2005, a las 20 horas y 49 minutos
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