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VIDAS AJENAS. Malas temporadas, tercera película de Manuel Martín Cuenca tras El juego de Cuba y La flaqueza del bolchevique, supone una cierta decepción, sobre todo teniendo en cuenta los logros nada desdeñables de su anterior filme. No obstante, hay que reconocer al menos que Malas temporadas es una apuesta arriesgada dentro del mortecino panorama del cine español de este año. Se trata de una película coral donde las vidas de diversos personajes (un ex presidiario, la trabajadora en una ONG, el retraído hijo de ésta, un peculiar «marchante» de arte) acaban ligadas por un tenue hilo ficcional. En este sentido, la cinta sigue el modelo de Vidas cruzadas, adaptación de varios cuentos del novelista Raymond Carver realizada por Robert Altman, o de la más reciente Magnolia, de Paul Thomas Anderson. Como las anteriores, Malas temporadas resulta también un filme desequilibrado, aunque hay que reconocer que los defectos que afectan al filme de Martín Cuenca son más graves que los que empañaban las innegables virtudes de los títulos norteamericanos antes reseñados.
El problema de Malas temporadas reside en su voluntad de adoptar una perspectiva naturalista, que en ocasiones se confunde con una sordidez gratuita. En una película basada en el estudio psicológico de varios personajes, el guión debe ser la pieza clave del relato. Y en Malas temporadas hay bastantes lagunas argumentales. Parece evidente que «sobra» el personaje interpretado por Leonor Watling, un cruce entre paralítica y femme fatale harto bizarro y que aporta poco a la narración, aunque consume bastantes minutos en pantalla. Tampoco se entiende por qué han de aparecer dos casos con desenlace trágico en la ONG en que trabaja uno de los personajes principales, cuando con una sola de las historias ya cumplía la función narrativa que buscaba el realizador. Finalmente, y a pesar de su loable esfuerzo interpretativo, el personaje de Javier Cámara no acaba de ser creíble, ya que difícilmente pueden convivir en un mismo individuo el racionalismo y la actitud obsesiva que demuestra el personaje en sus distintas facetas. En suma, una mejor distribución de los materiales dramáticos y una poda en el metraje del filme habrían hecho de Malas temporadas el relato solvente y sin concesiones que probablemente pretendía rodar Martín Cuenca. Así, sólo queda la nostalgia de las posibilidades, acaso la intuición de que otro realizador, barajando las mismas cartas de distinta manera, habría conseguido un póquer de ases.
Publicado el sábado, 3 de diciembre de 2005, a las 11 horas y 39 minutos
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HARRY EL OSCURO. Harry Potter y el cáliz de fuego, la nueva entrega protagonizada por el popular mago adolescente, viene a confirmar cierto giro hacia una mayor negrura (estilística y argumental) que ya se percibía en el anterior filme de la saga, Harry Potter y el prisionero de Azkaban. Tras las dos primeras películas, firmadas por Chris Columbus y resueltas de manera un tanto impersonal, el mexicano Alfonso Cuarón supo imprimir a su Harry Potter y el prisionero de Azkaban un tono de oscura fábula de iniciación que acaso la convierte en la mejor del conjunto hasta el momento. En esa misma línea insiste ahora Harry Potter y el cáliz de fuego, la peculiar visión de Mike Newell sobre las andanzas del mago más lucrativo del panorama internacional. Aunque la trayectoria errática de Newell lo aproxima a un tipo de cine típicamente «british», tan efectivo como aséptico, su incursión por los derroteros fantásticos se salda con un balance más que positivo.
Lo primero que llama la atención de la película es que los personajes principales han dejado de ser ya los simpáticos infantes que pululaban por la escuela de magia Howgarts y se han transformado en adolescentes de incierto futuro. Esta circunstancia, que también tiene en cuenta J. K. Rowling en sus últimas novelas, la aprovecha Newell para potenciar cierto filón sentimental que oscila entre lo cómico y lo melodramático (véanse las escenas sobre los preparativos del baile de alumnos). Sin embargo, el realizador sale airoso de estas secuencias gracias al dominio del pulso narrativo que ya exhibió en Cuatro bodas y un funeral. Así, el filme nunca se despeña por el romanticismo cursilón al que a veces apuntan sus imágenes. Una vez superado el escollo sentimental, peaje revolucionario que debe pagar toda película con elenco juvenil, la cinta se centra en lo que verdaderamente interesa en la saga de Harry Potter: los vericuetos de lo fantástico. Y, como es habitual, aquí es donde se encuentran las principales virtudes del filme. Siguiendo el modelo de las pruebas de Hércules, Potter y sus competidores participan en un campeonato de magos donde han de mostrar sus habilidades. Las tres pruebas, que ocupan la mayor parte del metraje, son tres magníficos ejemplos de cómo filmar escenas espectaculares, desde una persecución en escoba, con un dragón pisándole los talones al protagonista, a unas secuencias submarinas que rescatan el lirismo onírico de los cuentos infantiles. No obstante, es en la última prueba, que recupera el motivo arquetípico del laberinto, donde el virtuosismo de la realización alcanza sus mejores cotas, con aspectos que recuerdan a dos clásicos del cine fantástico de los ochenta: La historia interminable, de Wolfgang Petersen, y, sobre todo, Dentro del laberinto, de Jim Henson. Como siempre, al final del laberinto aguarda también una sorpresa, que no desvelaremos a los potenciales espectadores, pero que guarda cierto parecido con el inframundo diseñado por Peter Jackson en El señor de los anillos. Todo ello se complementa con las habituales interpretaciones y cameos de un reparto de lujo, donde brillan con luz propia el profesor “Ojo Loco” encarnado por Brendan Gleeson, el untuoso sicario “El Gusano”, con el rostro de Timothy Spall, o el malvado interpretado por Ralph Fiennes.
Cuando las novelas de la Rowling sean apenas una nota a pie de página en la historia de la literatura infantil de comienzos del siglo XXI, muchas de las aventuras de Harry Potter persistirán intactas en la memoria de los espectadores. Es uno de los raros privilegios que tiene el cine sobre la literatura. Mientras que las novelas de consumo difícilmente perduran unos pocos años en las estanterías antes de convertirse en mohosas reliquias, los poderosos iconos del celuloide tienen una capacidad de evocación «visual» que trasciende las modas concretas y les permite incorporarse en la imaginación colectiva con extraña persistencia. Sirve aquí el dicho de que una imagen vale más que mil palabras.
Publicado el miércoles, 7 de diciembre de 2005, a las 14 horas y 01 minutos
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NIÑOS PERDIDOS. Cuando se acercan las fiestas navideñas, las pantallas se llenan indefectiblemente de Papás Noeles de dudosa catadura moral, renos repelentes y niños cuyas habilidades son capaces de poner en ridículo al mismísimo Supermán. Tal vez por eso actualmente coinciden en los cines las adaptaciones de dos clásicos infantiles de muy distinto calado y que responden a estímulos estéticos casi contrapuestos: el Oliver Twist que ha dirigido Polanski a partir de la célebre novela de Dickens y Las crónicas de Narnia, una versión del universo literario de C. S. Lewis que ha puesto en imágenes Andrew Adamson. Aunque las dos películas tienen ambiciones diferentes y van dirigidas a distinto público, ambas parten de una premisa argumental semejante: la aventuras de unos niños perdidos en un mundo de adultos.
Quienes acudan a ver Oliver Twist con la esperanza de encontrarse con una película «de autor» probablemente saldrán decepcionados de la sala. Polanski hace ya varios años que no rueda un filme situado dentro de su peculiar mundo estético —que es el de Repulsión y La semilla del diablo—, aunque eso no le resta interés a su filmografía última, como puso de relieve la notable El pianista. Con Oliver Twist, el director entrega una irregular ilustración de la novela de Dickens, que en ocasiones camina por los derroteros del academicismo estético y en otras ofrece inesperados fogonazos de talento personal. Así, la película gana en los momentos en que el realizador se desprende de la plantilla del neorrealismo y se atreve con imágenes que participan de una atmósfera de terror gótico, como si Dickens fuera un curioso ejemplar del romanticismo tardío (véase la escena del asesinato de la joven Nancy o la muerte del malvado Bill Sykes). Polanski se muestra más cómodo cuando puede definir a un personaje en términos puramente visuales que cuando tiene que recurrir a la sutileza psicológica. Tal vez ello explique la exagerada caracterización física del Fagin encarnado por Ben Kingsley, que dota a su personaje de tal fuerza que a veces parece que estemos viendo al fantasma redivivo del Shylock shakesperiano. Menos interés reviste la interpretación del joven Oliver Twist, en un registro excesivamente encorsetado dentro de lo lacrimógeno. El Oliver Twist de Polanski no hará olvidar las clásicas adaptaciones de David Lean o Carol Reed, pero bien puede adjudicarse un más que merecido bronce en el podium.
De cariz antagónico es la primera parte de Las crónicas de Narnia, subtitulada El léon, la bruja y el armario, que ha llevado a la pantalla Andrew Adamson, uno de los artífices de Shrek. Aunque la película se ubica dentro del género fantástico, el origen del relato da noticias sobre la realidad de los personajes, cuya existencia está condicionada por los ecos de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, como en Peter Pan, el mundo de los adultos es aquí sólo el punto de partida para una exploración en el fantastique más cercana a El señor de los anillos que a Harry Potter, aunque acomodada a su potencial auditorio infantil. Animales parlanchines, brujas malvadas y batallas épicas conviven en un filme que consigue mantenerse casi siempre dentro de una tonalidad que oscila entre el inocente cuento de hadas y la evocación nostálgica de una mitificada Edad Media. Un siglo después de Dickens, a C. S. Lewis ya no le interesaba el realismo descarnado, sino más bien la imprecisa melancolía prerrafaelita que sugieren las mejores imágenes de Las crónicas de Narnia. Sin embargo, no todo son virtudes en la película de Adamson: su atmósfera onírica a veces se ve entorpecida por parlamentos innecesarios sobre la lealtad y el honor. Además, la apariencia de los malvados es demasiado deudora de El señor de los anillos, lo que se explicaría quizá por la afinidad estética entre Lewis y Tolkien.
En definitiva, quienes aún echen de menos los sueños de la infancia, pero no quieran pasar por las horcas caudinas del último Harry Potter, pueden disfrutar con las ficciones de Oliver Twist y Las crónicas de Narnia: Garantizado por Betaville.
Publicado el viernes, 9 de diciembre de 2005, a las 14 horas y 16 minutos
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BABILONIA, MON AMOUR. Como no sólo de estrenos vive el cinéfilo, mi amigo Mario Altares me informa puntualmente, en uno de sus mensajes épicos, sobre algunas novedades que tienen que ver con el cine y la literatura: “Acaba de salir de las prensas Babilonia, mon amour, un libro de poemas cinéfilos escrito por Luis Bagué Quílez y Joaquín Juan Penalva y publicado por la Universidad de Murcia. El libro tiene mucho que ver con mis gustos fílmicos. Hasta me atrevería a decir que en él están presentes mis películas favoritas. Como los nacidos en la edad del súper 8, mis sueños de celuloide contienen la gabardina de Bogart, el bigote de Chaplin y la falda volátil de Marilyn Monroe, pero también, acaso con la misma intensidad, la máscara negra de Darth Vader, las gafas de Woody Allen y las pestañas de Uma Thurman. En Babilonia, mon amour están muchos de los héroes y antihéroes de la nueva mitología que ha creado el séptimo arte (Ed Wood, Indiana Jones, Christopher Lee), los principales géneros que han forjado su historia (el neorrealismo italiano, el cine negro y de ciencia-ficción, y hasta el reciente filón de terror adolescente) y algunas secuencias que han quedado para siempre grabadas en la retina de los cinéfilos de pro (desde la reconstrucción preciosista de Una habitación con vistas al universo virtual de Matrix, pasando por las fantasmagorías cotidianas de Los otros). También surcan las páginas del libro productores al filo de la demencia (Roger Corman, Dino de Laurentiis), novelistas cercanos al cine (Paul Auster) y demiurgos de los sueños infantiles (Walt Disney). En resumen, amigo Betaville, yo he disfrutado con sus versos igual que si los hubiera escrito.
Por otra parte, todo aquel que quiera conocer las novedades del siempre esquivo cine asiático no debe perderse el octavo número de la revista barcelonesa CineAsia, que alterna las reseñas gacetilleras, las noticias de estrenos en DVD y las entrevistas a directores. En este número, el aficionado puede leer una crónica sobre Siete espadas, la nueva película de Tsui Hark, el Spielberg chino; una entrevista al cineasta nipón Johnnie To acompañada de una crítica de Election, de inminente estreno en España, y una reseña del último Tsai Ming-Liang, El sabor de la sandía. Lo dicho: imprescindible para los espectadores que saben que el cine también existe en los confines del Imperio del Sol.
Por último, Todos los estrenos de 2005 es una cita obligada para quienes coleccionen postales de cine y para quienes quieran recordar, con un punto de sano masoquismo, lo que ha dado de sí un año de cine. Un inventario riguroso con críticas desiguales, pero interesantes, es lo que propone este volumen, que continúa la apuesta que lleva haciendo la editorial madrileña JC desde el año 1988. Bienvenidos sean, pues, todos estos ejemplos que demuestran que el celuloide y la letra impresa no siempre son un matrimonio mal avenido”. No digo más.
Publicado el lunes, 12 de diciembre de 2005, a las 22 horas y 00 minutos
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GLOBOS DE ORO. Hoy se han conocido las nominaciones de los Globos de Oro, la «antesala de los óscars» que suele guiar la fortuna comercial de las películas made in Hollywood. Por lo que puede verse, Bill Murray, Spielberg y King Kong se van a quedar con un palmo de narices. Cowboys homosexuales, cintas políticas contra la «caza de brujas», remakes de películas de Mel Books y hasta un redivivo Woody Allen aparecen en primera línea de fuego. Éstas son, pues, las películas nominadas:
Mejor Película Dramática
Brokeback Mountain, de Ang Lee. Una historia de amores homosexuales entre vaqueros, dirigida por el polifacético realizador taiwanés de Tigre y dragón, que ha levantado ampollas entre el sector más conservador de la población estadounidense.
Good Night and Good Luck, de George Clooney. Una película rodada en blanco y negro que arremete contra la política represiva del Senador McCarthy, quien se ensañó allá por los años cincuenta con algunos profesionales del mundo del espectáculo supuestamente pertenecientes al partido comunista. A los amigos de Bush no les ha gustado nada.
El jardinero fiel, de Fernando Meirelles. La excelente cinta de Meirelles también podría aspirar a algún galardón, aunque parece casi descartada para los premios gordos, acaso por su carga de violencia, su tono de denuncia explícita y su desesperanzado corolario.
Match Point, de Woody Allen. Hollywood por fin parece haber perdonando a Allen, pero lo ha hecho con una de las películas del realizador en que sus obsesiones, filias y fobias aparecen más desleídas. Con todo, un Woody Allen siempre es un Woody Allen.
Una historia de violencia, de David Cronenberg. Pues sí, el hiperviolento thriller de Cronenberg también se ha colado en la categoría de «drama», a falta de mayores aclaraciones genéricas para una película tan excesiva como inquietante.
Mejor Comedia o Musical
Mrs. Henderson presents, de Stephen Frears. Comedia musical dirigida por uno de los mejores realizadores británicos de los ochenta, Stephen Frears, y protagonizada por los «jovencísimos» Judi Dench y Bob Hoskins.
Orgullo y prejuicio, de Joe Wright. Adaptación de la novela de Jane Austen (siempre hay alguna en los Globos de Oro) de la que al menos cabe esperar la pulcritud típicamente british que suelen destilar las versiones cinematográficas del universo literario de la autora.
The Producers, de Susan Storman. ¿Es posible mejorar el filme de Mel Brooks protagonizado por unos inolvidables Gene Wilder y Zero Mostel? ¿Puede haber una interpretación mejor de Primavera para Hitler? La incógnita se desvelará a principios de 2006.
I Walk the Line, de James Mangold. Biopic del cantante country Johny Cash, al que interpreta en la pantalla Joaquim Phoenix. Algunos críticos le han afeado al filme una labor de maquillaje dramático parecida a la del Ray descafeinado del pasado año.
The Squid and the Whale, de Noah Baumbach. Comedia intimista indie sobre unos niños con padres divorciados en el Brooklyn de comienzos de los ochenta. Desde luego, se parece mucho a Serrín con hongos, el imposible filme inventado por los creadores de Agárralo como puedas.
Y… eso es todo, amigos.
Publicado el miércoles, 14 de diciembre de 2005, a las 21 horas y 03 minutos
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VISIONES Y REVISIONES. Cuando se aproxima la hora de hacer el inevitable balance anual sobre las mejores películas del año, a este cronista le gustaría reseñar, siquiera brevemente, algunos títulos que no recogió en su día, bien porque se acumulaban los estrenos, bien porque hubo de repescarlos en las sesiones de la filmoteca o en los anaqueles de un videoclub. Ahí van, pues, en un bárbaro desorden de géneros, nacionalidades y autores, cinco filmes que deberían contar entre lo mejor de la cosecha de 2005:
La tierra de los muertos vivientes, de George A. Romero. Pues sí, una de zombies. El veterano George A. Romero ofrece, con escasísimos medios (en comparación, las cintas de John Carpenter parecen superproducciones) una película de terror que contiene un dechado de lo mejor del género, desde escenas de truculencia gore a imprevistos destellos líricos (los zombies confundiendo su reflejo en el agua con la realidad). Pese a algunos trazos de brocha gorda propios de la casa (el personaje del ricachón interpretado por Dennis Hopper), La tierra de los muertos vivientes es indiscutiblemente una parábola sobre la sociedad actual, donde el espectador debe elegir entre situarse al lado de los ambiciosos cazadores de podridos o al lado del ejército de almas en pena que forman los desheredados de nuestro mundo.
Contra la pared, de Faith Akin. A comienzos de 2005 se estrenó esta cinta turca, que ganó el Oso de Oro en Berlín y el premio de la Academia Europea de Cine a la mejor película. Relato violentísimo ambientado en la Alemania actual, el filme combina un discurso social sobre la inmigración con una apasionada historia de amor. Aunque a veces se deja llevar por algunos excesos melodramáticos, el pulso firme del director y los recursos estilísticos empleados (como la utilización de intermedios musicales a manera de coro) apuntalan una de las películas europeas más solventes de este año cinematográfico.
Nadie sabe, de Hirozaku Kore-Eda. Una de las escasas obras maestras de este año fue este pequeño filme japonés sobre unos niños abandonados en la gran ciudad. Con un dominio extraordinario de la elipsis y del tempo narrativo, Nadie sabe se eleva sobre el sustrato real del que parte para entregar un celuloide traspasado por el lirismo, la tragedia y la melancolía.
Tropical Malady, de Apichatpong Weerasethakul. Inédita en las pantallas españolas, el DVD le ha dado a quien suscribe la oportunidad de ver este filme francamente marciano, cruce imposible entre una historia de amor homosexual a lo Almodóvar y una parsimoniosa recreación de las leyendas populares tailandesas. Recomendable sólo para cinéfilos recalcitrantes.
El viento, de Eduardo Mignogna. El director argentino de Sol de otoño, a menudo demasiado blandengue, encontró con esta historia de un gaucho perdido en Buenos Aires un tono adecuado para su narración. Una vez superados los balbuceos iniciales, que parecen una reversión naturalista de El abuelo y la ciudad, el filme encuentra la respiración adecuada para llevar a buen puerto su reflexión sobre el caos de la civilización actual.
Publicado el viernes, 16 de diciembre de 2005, a las 17 horas y 43 minutos
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RESURRECCIONES. A falta de ver aún King Kong, este cronista decide pasarle hoy de nuevo el micrófono a Mario Altares, quien siempre parece tener algo nuevo que contar a los lectores cinéfilos: “Desde Dickens sabemos que cada Navidad trae un milagro. Suele ser un prodigio mínimo, de esos que ni siquiera nos dejan boquiabiertos; si acaso algo perplejos, con la actitud del alumno que frunce el ceño porque no ha comprendido la pregunta, o quizá porque la ha comprendido demasiado bien. Esos milagros cotidianos, en contraste con los grandes relatos que surcan la televisión, sacuden las ciudades de vez en cuando y tienen una sintomatología variable: pueden protagonizarlos mendigos poetas, ejecutivos melancólicos o (tampoco es cuestión de ponernos cursis) palomas que ofrecen su vuelo rasante sobre las fuentes públicas. El milagro de estas Navidades tiene nombre de mujer y cuerpo de cine. Sí, amigo, hablo de la reapertura de los Ana, que han tardado más de tres días en salir del sepulcro pero que al final han abierto de nuevo sus puertas. Además de albergar la filmoteca los lunes y martes, ahora las tres minisalas de la ciudad donde arrastro mis días funcionan, como antes, con una programación autónoma. Es posible que no haya una renovación excesiva en su cartelera, pero al menos su sombra resiste a esos colosos de las afueras donde a uno le inyectan por un módico precio hora y media de celuloide, una ración de palomitas y cuarto y mitad de adolescentes vocingleros. Por eso la pervivencia de un pequeño local en el centro de la ciudad es una auténtica proeza. Por eso hoy escribo estas líneas.
PD: Amigo, huye de Lutero como de la misma peste. Se trata de una miniserie con tufo a europudding embutida en dos horas interminables con mucha tortura interior y do de pecho hollywoodiense. Mejor leer el Apocalipsis, ahora que parece haberse vuelto a poner de moda el fin del mundo. Nos vemos en los bares”.
Publicado el miércoles, 21 de diciembre de 2005, a las 20 horas y 29 minutos
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ME PASO EL DÍA BAILANDO. El otro lado de la cama (2002), de Emilio Martínez Lázaro, supuso un soplo de aire fresco en el panorama bastante alicaído de la comedia española contemporánea. La receta era sencilla: el soporte de comedia costumbrista «a lo Trueba» que instituyó la «movida madrileña», unas gotas de humor erótico-festivo, varios gags y estereotipos sacados de cualquier teleserie y la inserción de diversos números musicales que funcionaban a modo de comentario de la acción principal. Así, la película se convertía en una revisión posibilista de una cierta corriente del cine europeo que bebe tanto de vaudevil como de la alta comedia, y que acaso alcanzó su culminación con la reciente On connaît la chanson, de Alain Resnais. El resultado, sin ser excelente, albergaba momentos casi antológicos y suponía, desde luego, una combinación atrevida dentro de los cánones del actual cine español.
Tres años después, estrenada estratégicamente en plenas fiestas navideñas, Martínez Lázaro presenta la continuación de aquella película, Los dos lados de la cama, donde repite punto por punto la misma fórmula magistral. Por el camino, el realizador ha sustituido a las dos actrices protagonistas del original (Paz Vega y Natalia Verbeke) por rostros nuevos (Verónica Sánchez y Lucía Jiménez) y ha fichado a una Pilar Castro que sabe exprimir todo el juego interpretativo de un papel en principio no demasiado agradecido. Por lo demás, los actores masculinos reiteran facetas, registros y «vis cómica». El problema es que, una vez eliminada la capacidad de sorpresa inicial, el filme acaba quedándose en poquita cosa. Martínez Lázaro y el guionista David Serrano han decidido proceder por acumulación y liar a todos los personajes entre sí. Pero esta vez ni la trama sentimental (la inverosímil historia de lesbianismo entre Sánchez y Jiménez, que parece un peaje a lo «políticamente correcto») ni todos los números musicales, algunos demasiado mortecinos, provocan la adhesión inmediata del espectador. Ni siquiera los impagables Ernesto Alterio y Guillermo Toledo brillan aquí a la misma altura que en la primera parte.
De este modo, la atención se desplaza hacia el relato secundario protagonizado por Alberto Sanjuán y María Esteve, sin duda lo mejor de la función. Los únicos momentos verdaderamente divertidos de la película se concentran cuando entran en pantalla ambos personajes. Si María Esteve lleva hasta el límite el tono paródico de su «marisabidilla», Alberto Sanjuán encarna el perfecto prototipo del hortera y da pie a los dos mejores gags de la cinta, donde participa un peculiar bestiario compuesto por un gavilán, una paloma y un zorro disecado. La otra baza del filme reside en el juego intertextual de las canciones, pues, ¿quién puede resistirse al encanto de una canción de Alaska en un escenario recién sacado de Los fabulosos Baker Boys, o a la revisión de la inmortal La mataré, de Loquillo? No obstante, éste es un botín demasiado escaso para una película que se limita a calcar anteriores aciertos y que ni ratifica ni desmiente el dicho de que «nunca segundas partes fueron buenas».
Publicado el sábado, 24 de diciembre de 2005, a las 18 horas y 02 minutos
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ENORME. El King Kong original era una película reducida a escala, una de esas miniaturas exóticas que poblaban las pantallas y las imaginaciones infantiles, y que el tiempo ha acabado elevando a la categoría de mito. Más de setenta años después, en el nuevo King Kong todo es enorme: la isla de la Calavera, el monstruo y hasta el metraje, que excede las tres horas. Para su realización, Peter Jackson invoca el espíritu de Cecil B. DeMille, que aparece citado explícitamente en el filme. No en vano, Jackson es un realizador de la vieja escuela, uno de esos tipos que aún creen que el director de cine debe ser, ante todo, un demiurgo. De ello dio prueba en su brillante y excesiva trilogía de El señor de los anillos, cuya espectacularidad retoma ahora en un proyecto largamente acariciado por el autor.
El King Kong versión reloaded es una película ejemplar para estudiar la estructura del relato tradicional, pues en ella resultan evidentes las transiciones entre introducción, nudo y desenlace. El comienzo se ofrece como un minucioso retrato de los ambientes, tipos y esperanzas de la América de la Gran Depresión. Sin embargo, la cinta realmente despega con la narración del viaje de una peculiar troupe cinematográfica a una isla secreta de la que ha tenido noticias el siniestro director interpretado por Jack Black. A lo largo de este trayecto, Jackson se saca de la manga un nuevo referente (en este caso, literario) para explicar el sentido de la aventura de sus personajes: El corazón de las tinieblas, de Conrad. Así, la introducción de King Kong se pone bajo la advocación del libro que inspiró, entre otras producciones, la magistral Apocalipse Now de Coppola.
Con la llegada de los protagonistas a la isla, empieza a desatarse el nudo del argumento y la película exhibe su auténtica naturaleza: un pastiche del cine de aventuras clásico, al que respeta tanto como parodia. El carácter híbrido de esta parte, sin duda la mejor, se refleja en el particular bestiario que surca la pantalla, desde unos zombies caníbales a unos simpáticos dinosaurios recién salidos de Parque jurásico, pasando por la principal estrella de la función: el gigantesco gorila Kong. Jackson se propone no dar ni un segundo de tregua al espectador, para lo que provoca un crescendo de acciones trepidantes cuyo precedente inmediato quizá sea el «más difícil todavía» de la entrega protagonizada por el Dr. Indiana Jones. Con reminiscencias también del entorno novelesco ideado por Sir Arthur Conan Doyle en El mundo perdido, Jackson pone de manifiesto su andadura en el cine de terror a la hora de diseñar un universo poblado por primates bondadosos, torvos pterodáctilos y adorables bichitos con miles de dientes, emparentados genealógicamente con los aliens de antaño.
Tras la captura de Kong y el regreso a la civilización, el interés de la película decae considerablemente. Más próximo al cine de catástrofes al estilo Godzilla, Jackson no sabe, sin embargo, imprimir en el celuloide las dosis de lirismo necesarias, por lo que a veces acaba cayendo en el ridículo que hasta entonces había conseguido vadear (véase la escena de patinaje artístico entre Kong y la Watts). Con todo, la cinta recupera el pulso en su tramo final, con la archifamosa reproducción de la secuencia de combate entre Kong y los aviones en la cúspide del Empire State.
Más allá de su interés intrínseco, King Kong plantea varias cuestiones acerca del nuevo arte de hacer remakes, tanto sobre la pertinencia de rodar nuevas adaptaciones de clásicos del séptimo arte como sobre las contradicciones que ello implica (construir una superproducción multimillonaria a partir de una cinta de escaso presupuesto). Aunque Jackson no responde a estos interrogantes, no nos encontramos ahora ante una vergonzosa operación de marketing, como la Psicosis de Gus Van Sant, sino ante una película que se integra con absoluta coherencia dentro del horizonte estético de su realizador, todo lo discutible que se quiera, pero desde luego nada insignificante.
Publicado el martes, 27 de diciembre de 2005, a las 16 horas y 55 minutos
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